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Romano Guardini

Fue un sacerdote, pensador, escritor y académico católico alemán. Se lo considera uno de los teólogos más acreditados del siglo XX.

El Papa Benedicto XVI, quien fuera él mismo alumno de nuestro autor en su Alemania natal, sintetizó en cierta ocasión el genio de Guardini con estas certeras palabras: “Guardini no quería saber una o muchas cosas, él aspiraba a la verdad de Dios y a la verdad sobre el hombre” (audiencia a los miembros de la Fundación Romano Guardini, noviembre de 2010). Y el Papa Francisco en reiteradas oportunidades se encargó personalmente de recomendarlo, como hizo pocos años atrás en una audiencia concedida a los miembros de la citada Fundación (noviembre de 2015), de lo que compartimos unos extractos a continuación:

Hicimos mención anteriormente a sus obras literarias, que son numerosas en cantidad y temáticas, y cuantiosas en calidad (no todas fueron traducidas al castellano). Muchos proceden de sus clases, conferencias y homilías. Podemos mencionar desde las más sencillas, propias de su ánimo de divulgador y formador de jóvenes, como ser: “Cartas sobre autoformación”, “La aceptación de sí mismo”, “Introducción a la vida de oración”, “Los signos sagrados”, “Sobre la vida de la fe”, etc., y continuar con sus obras más eruditas, como por ejemplo: “La existencia del cristiano”, “El poder: un intento de orientación”, “El Señor”(para algunos expertos en la obra de Guardini, ésta es su obra cumbre), etc.

* Obra literaria recomendada: CARTAS SOBRE AUTOFORMACIÓN

* Reseña: siguiendo el consejo que Tomás de Aquino diera a un joven estudiante respecto de cómo conviene estudiar, para lo cual el santo le recomendó “que no se lance directamente al mar, sino que acuda a él por los ríos”, vamos a sugerir iniciar con Guardini con una de sus obras de divulgación más emblemáticas, esto es, sus “CARTAS SOBRE AUTOFORMACIÓN” (originalmente conocidas como “CARTAS SOBRE LA FORMACIÓN DE SÍ MISMO”). Esta obra, que nació entre los años 1921 y 1924, y que fuera editada por primera vez en el año 1930, comprende una serie de cartas dirigidas a jóvenes alemanes católicos, para formarlos rectamente como personas más humanas y cristianas, sobre todo tras las consecuencias devastadoras de la primera guerra mundial (1914-1918). Como expresa uno de los mayores conocedores en el mundo hispánico de la obra de Romano Guardini, se trata de “coloquios intensos inspirados por el amor a la verdad [que] fueron maduradas durante años, y en su momento oportuno obtuvieron la debida redacción” (Alfonso López Quintás). En una de tantas reseñas del libro que se pueden hallar, leemos estas precisas expresiones que, además, nos resumen su contenido: “Un texto se convierte en ‘clásico’ cuando tiene algo que decir a varias generaciones. Este es el caso de las ‘Cartas sobre…’ en las que Guardini aborda temas tan esenciales como la alegría del corazón, la veracidad, el dar y el aceptar, la libertad, el alma, la acción responsable o la oración”.

* Un extracto de la obra: por cuanto se trata de una colección de “cartas” sobre diversas temáticas, nos pareció más conveniente presentar la primera de ellas en su inicio y en su conclusión, en lugar de algún párrafo de cada una. Esto lo hacemos con el ánimo de estimular a la lectura completa de la misma, para luego leer enteramente las siguientes (son nueve en total).

Esta primera carta versa “SOBRE LA ALEGRÍA DEL CORAZÓN”, y así escribe nuestro testigo y maestro:

“Queremos tratar de tener un corazón alegre. No divertido, que es algo totalmente diferente. Ser divertido es algo externo, ruidoso, fugaz. En cambio, la alegría vive en el interior, silenciosa, con raíces profundas. Es la hermana de la seriedad; donde está una, se halla también la otra.

Ahora bien, existe ciertamente una alegría sobre la que no se tiene dominio. Me refiero a esa alegría que lo invade a uno, grande y profunda, de la cual dice la Sagrada Escritura que es como un río; o esa alegría sonriente que todo lo transforma, todo lo baña de luz: esta alegría viene y se va a su antojo. Frente a ella lo único que nos cabe es recibirla cuando viene y resignarnos cuando se va. O esa alegría que brota de la fuerza y la confianza de la juventud; o esa otra, poco común, que se da en hombres elegidos y que brilla desde la claridad interior de su ser; sobre esta clase de alegría uno no tiene dominio: se da o no se da. Sin embargo, aún aquí está en nuestras manos el cuidarla o el desperdiciarla.

Pero aquí vamos a hablar de una alegría a la que se le pueden preparar los caminos. De una alegría que todos podemos tener, independientemente del carácter de cada uno. Una alegría independiente de las horas buenas y malas, de días en que nos sentimos llenos de energía o cansados. Vamos a reflexionar, pues, sobre cómo abrirle camino a esa alegría. No procede del dinero, de una vida confortable o de los honores, aun cuando todo esto pueda influir sobre ella. Su origen está más bien en cosas nobles: un buen trabajo, una palabra amable que se ha oído o que uno mismo ha dicho, el haber luchado con valentía contra algún defecto o el haber logrado una visión clara en una cuestión difícil.

Pero todavía no es esto tampoco la auténtica fuente de la alegría. Esta fuente se halla más honda aún, en el corazón mismo, en su interior más profundo. Allí mora Dios, y Dios mismo es la fuente de la verdadera alegría. La alegría que interiormente nos ensancha y nos da claridad; que nos hace ricos y fuertes e independientes de los acontecimientos externos. Cuanto nos sucede externamente ya no nos puede afectar, si interiormente estamos alegres. El que es alegre tiene una adecuada postura frente a todas las cosas. Lo que es bello lo percibe en su verdadero resplandor. Lo duro y difícil lo recibe como prueba de su fuerza; se enfrenta valientemente con ello y lo supera. Puede dar generosamente a los demás sin empobrecerse. Pero posee también un corazón abierto para poder recibir en la debida forma.

Pero si la alegría viene de Dios y Dios habita en nuestro corazón, ¿por qué no la sentimos? ¿por qué estamos tantas veces de mal humor, tristes y oprimidos? Sencillamente, porque la fuente de donde mana está enterrada.

¿Cómo, pues, se abre cauce a la alegría? ¿cómo hacer que irrumpa en el alma? Esta es la cuestión. Es necesario unir nuestro ser más íntimo con Dios. Para ello hay muchos medios. Se puede procurar intimar con Dios en el fondo del alma; tornarse frecuentemente a Él y luego quedarse allí a solas en el silencio interior. Quizá tú mismo sepas aún otros caminos. Yo, por mi parte, quisiera proponerte el siguiente, que es particularmente apropiado.

Lo íntimo nuestro lo determina nuestra voluntad. Allí debemos estar en unión con Dios; entonces su alegría puede entrar en nosotros. Tan pronto como nos dirigimos a Dios y le decimos sinceramente: `Señor, yo quiero lo que Tú quieras´, queda franco el camino a la alegría de Dios. Y una vez que hayamos logrado pensar siempre así y que nuestra voluntad más íntima esté orientada sincera y constantemente hacia Dios, entonces seremos alegres, pase lo que pase afuera.

Por cierto, que este dirigirse a Dios debe tener ya algo afín a la alegría: debe ser espontáneo, no receloso o desconfiado. Tiene que ser libre y animoso. Hemos de decir llenos de gozosa confianza: `Dios fuerte, lo que Tú quieras eso quiero yo´. Se trata, pues, de luchar por unir nuestra voluntad con la de Dios.

Pero, ¿dónde vemos lo que Dios quiere? Para eso no precisamos largas consideraciones y grandes planes. Lo encontramos en lo más ordinario: en el momento presente. Habrá que tomar a veces también decisiones importantes y trazar proyectos de alto vuelo. Entonces es el `momento´ para ello. Vale por lo tanto lo que decíamos: lo que es necesario ahora, lo que es mi obligación, eso es la voluntad de Dios. Si hacemos eso, Dios nos llevará de una acción a otra. Porque cada momento con su obligación es un mensajero de Dios. Si le escuchamos, nos disponemos para comprender y cumplir bien el próximo mensaje. De esta forma realizamos paso a paso la obra de nuestra vida.

Así, pues: captar claramente lo que Dios quiere de mí ahora. Darle un `sí´ decidido y libre y manos a la obra. Entonces seremos alegres.

Ahora hemos llegado al punto de poder comenzar. Por lo demás, debes seguir reflexionando por ti mismo. Resumamos, pues, lo que encontramos hasta aquí en una firme decisión. Preguntémonos con frecuencia durante el día, por ejemplo, antes de cada labor o cuando ocurre algo nuevo: ¿qué quiere Dios de mí? Para descubrir su voluntad miremos lo que está delante de nosotros; no busquemos lo que se nos acomoda o nos resulta más grato. Preguntémonos honradamente: ¿qué tengo que hacer yo ahora? Pero en esto cuidemos de no dejarnos engañar. ¿Engañar? ¿Por quién? ¡Por nosotros mismos! Por nuestro capricho, nuestra inconstancia y nuestra pereza. Debemos volvernos incorruptibles. Debemos querer ver bien claro cómo la cosa es en realidad (…)

Y para concluir, una pequeña ayuda: por la noche, al acostarnos, digámonos tranquilos y confiados: mañana viviré alegre. Imaginémonos a nosotros mismos caminar alegres, erguidos y libres a lo largo del día, trabajar, jugar, tratar con la gente: `¡Así seré yo mañana todo el día!´. Digámonos esto varias veces. Es éste un pensamiento creador, que actuará toda la noche silencioso en el alma, pero seguro, como los duendes de los cuentos. No lo notamos; pero al despertar está todo mucho más claro… Entonces repitamos lo mismo: `Hoy viviré todo el día alegre´. Todo el día contigo, Señor, y siempre alegre. Y esto cada mañana, cada noche; sin dejarnos desanimar por ningún fracaso. Al concluir el día, examinémonos: ¿he luchado hoy bastante? Hagamos cuentas con nosotros mismos, y luego renovemos el propósito: ¡mañana seré mejor!”

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