Espiritualidad

"La espiritualidad conforma un modo personal y colectivo de expresar la experiencia del Misterio de Dios"

Fr. Dr. Aníbal E. Fosbery O.P., "La espiritualidad de Fasta"

7 de junio

Con su costado abierto, Jesús nos dice: “Tú me interesas”, “Tomo tu vida en mi corazón”. Pero también nos dice: “Haz esto en memoria mía: cuida de los demás.

Para reflexionar sobre Sagrado Corazón de Jesús

Del  Evangelio según San Juan:

Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne.

Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a Él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.

Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: “No le quebrarán ninguno de sus huesos”. Y otro pasaje de la Escritura, dice: “Verán al que ellos mismos traspasaron”. 

Agua y sangre

El detalle referido por el evangelista Juan sobre la sangre y el agua que brotaron del costado abierto de Jesús exánime está lleno de profundo significado. El agua simboliza para los creyentes el bautismo en el Espíritu Santo: “El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús se levantó y exclamó en alta voz: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura, ‘de su pecho brotarán manantiales de agua viva’». Esto lo dijo refiriéndose al Espíritu que debían recibir los que creyeran en Él. Porque el Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7,37-39).

La Sangre que fluye de la herida producida por la lanza simboliza la Eucaristía: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6,54-56). Jesús resucitado ha querido permanecer realmente con nosotros en la Eucaristía.

 

El corazón

En el lenguaje bíblico, el corazón tiene un significado mucho más amplio del que nosotros le atribuimos ordinariamente: indica toda la persona en la unidad de su conciencia, inteligencia, voluntad, libertad. El corazón indica la interioridad del hombre.  Con su costado abierto, Jesús nos dice: “Tú me interesas”, “Tomo tu vida en mi corazón”. Pero también nos dice: “Haz esto en memoria mía: cuida de los demás. Con todo el corazón. Es decir, experimenta los mismos sentimientos de mi corazón y toma las mismas decisiones que yo he tomado”.

Te invito a rezar

Divino Corazón de Jesús,

te ofrezco por medio del Corazón Inmaculado de María,

madre de la Iglesia, en unión con el sacrificio eucarístico,

las oraciones, acciones, alegrías y sufrimientos de este día

en reparación de los pecados y por la salvación de todos los hombres,

en la gracia del Espíritu Santo, para gloria del Padre Divino.

Amén.

 

Jornada Mundial de la Oración por la Santificación de los Sacerdotes

En 1995, San Juan Pablo II instituyó en este mismo día la Jornada Mundial de Oración por la Santificación del Clero, para que Jesús custodie el sacerdocio en su corazón. Este año la jornada tiene como lema “Sacerdotes Santos: Don de Cristo para la Iglesia”.

A continuación, presentamos una oración elaborada por Santa Teresita del Niño Jesús para rezar por la Santificación de los Sacerdotes:

Oh Jesús, que has instituido el sacerdocio para continuar en la tierra

la obra divina de salvar a las almas

protege a tus sacerdotes (especialmente a: …………..) 

en el refugio de tu SAGRADO CORAZÓN.

Guarda sin mancha sus MANOS CONSAGRADAS,

que a diario tocan tu SAGRADO CUERPO,

y conserva puros sus labios teñidos con tu PRECIOSA SANGRE.

Haz que se preserven puros sus Corazones,

marcados con el sello sublime del SACERDOCIO,

y no permitas que el espíritu del mundo los contamine.

Aumenta el número de tus apóstoles,

y que tu Santo Amor los proteja de todo peligro.

Bendice sus trabajos y fatigas,

y que como fruto de su apostolado obtenga la salvación de muchas almas

que sean su consuelo aquí en la tierra y su corona eterna en el Cielo. Amén.

San Juan Pablo II

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San Juan Pablo II

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Santa Teresita del Niño Jesús

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Santa Rosa de Lima

“Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Mt. 18, 20

Déjanos tus intenciones, rezamos por ellas:

En el principio ya existía aquel que es la Palabra,

y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.

Ya en el principio él estaba con Dios.

Todas las cosas vinieron a la existencia por él

y sin él nada empezó de cuanto existe.

Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas

y las tinieblas no la recibieron.

 

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

Él no era la luz, sino testigo de la luz.

 

Aquel que es la Palabra era la luz verdadera,

que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

En el mundo estaba;

el mundo había sido hecho por él

y, sin embargo, el mundo no lo conoció.

 

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron;

pero a todos los que lo recibieron

les concedió poder llegar a ser hijos de Dios,

a los que creen en su nombre,

los cuales no nacieron de la sangre,

ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre,

sino que nacieron de Dios.

 

Y aquel que es la Palabra se hizo hombre

y habitó entre nosotros.

Hemos visto su gloria,

gloria que le corresponde como a unigénito del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

 

Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando:

“A éste me refería cuando dije:

‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí,

porque ya existía antes que yo’ ”.

 

De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia.

Porque la ley fue dada por medio de Moisés,

mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás.

El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre,

es quien lo ha revelado.

Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes:

Como cada año, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jesús al monte, al santuario, acompañarlo en su acenso. En este día, por toda la faz de la tierra y a través de todos los siglos, jóvenes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

               Pero, ¿qué hacemos realmente cuando nos unimos a la procesión, al cortejo de aquellos que junto con Jesús subían a Jerusalén y lo aclamaban como rey de Israel? ¿Es algo más que una ceremonia, que una bella tradición? ¿Tiene quizás algo que ver con la verdadera realidad de nuestra vida, de nuestro mundo? Para encontrar la respuesta, debemos clarificar ante todo qué es lo que en realidad ha querido y ha hecho Jesús mismo. Tras la profesión de fe, que Pedro había realizado en Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la Tierra Santa, Jesús se había dirigido como peregrino hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Es un camino hacia el templo en la Ciudad Santa, hacia aquel lugar que aseguraba de modo particular a Israel la cercanía de Dios a su pueblo. Es un camino hacia la fiesta común de la Pascua, memorial de la liberación de Egipto y signo de la esperanza en la liberación definitiva. Él sabe que le espera una nueva Pascua, y que él mismo ocupará el lugar de los corderos inmolados, ofreciéndose así mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregará para siempre a los suyos, les abrirá la puerta hacia un nuevo camino de liberación, hacia la comunión con el Dios vivo. Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano.

               Los Santos Padres han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersección entre dos campos de gravedad. Ante todo, está la fuerza que le atrae hacia abajo – hacía el egoísmo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, está la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto. El hombre se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace auténticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad.

               Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegaría eucarística durante la cual el Señor entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitación: “Sursum corda – levantemos el corazón”. Según la concepción bíblica y la visión de los Santos Padres, el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este “corazón” debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto. …

               La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.

               Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, “que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Sal 23, 6). Amén.

Homilía del santo padre Benedicto XVI, domingo 17 de abril de 2011.

¡Nos unimos en oración!

Gracias por compartir tus intenciones.

¡Los sacerdotes y Catherinas de Fasta rezaremos por ellas!