Espiritualidad

"La espiritualidad conforma un modo personal y colectivo de expresar la experiencia del Misterio de Dios"

Fr. Dr. Aníbal E. Fosbery O.P., "La espiritualidad de Fasta"

Raul Berzosa

DICIEMBRE

NAVIDAD

Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él».

Lc. 2, 13 – 14.

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“Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Mt. 18, 20

Déjanos tus intenciones, rezamos por ellas:

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue. 

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él».

Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado». Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.

Emmanuel

Vamos al encuentro del “Emmanuel”, del “Dios con nosotros”. Esto es lo que nadie podría imaginar, esta es la revelación que estaba oculta desde siempre, y ahora se hace manifiesta. 


Dios con nosotros, sin que esta unión con Dios venga a quebrantar la realidad de nuestra naturaleza, sin que el hombre sea absorbido y perdido en la divinidad, y sin que la divinidad sea menoscabada por la humanidad. 


Unión misteriosa y justa, armónica, desde la cual, en el plan salvífico de Dios, todas las cosas serán restauradas. Esta es la realidad que aguardaba el cosmos, para ser restaurado en la vida, y el misterio de Dios. Y esto es lo que también aguardamos nosotros en estos días: esperamos que venga el “Dios con nosotros”. Necesitamos que ese Dios se manifieste en nuestras vidas. Ya está manifestado a partir de nuestro bautismo, el bautismo hizo que nosotros estemos con Dios.


La realidad misteriosa de su encarnación ha posibilitado que este “Dios con nosotros”, haga posible el que nosotros estemos con Dios. Esa es una vocación de salvación, que marcará definitivamente el destino de nuestras vidas. No se trata de un simple querer, de un deseo que trata de carnalizar la fuerza interior de ese apetito de trascendencia que tenemos, toda vez que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. 


Tampoco es una idea que resulta fruto de una discusión de nuestra mente, que trata de encontrar la respuesta final a la realidad de las cosas que conoce. Tampoco es un deseo moral de bien, algo así como esa capacidad de perfección, ese apetito natural que empuja nuestras facultades hacia sus fines. Nada de eso es lo que ha ocurrido, y lo que la Iglesia hará ocurrir de nuevo en el día de la Navidad. 


Es “Dios con nosotros”, el Emmanuel. Toda la fuerza del Dios omnipotente que se abaja, y se allega para que nosotros seamos rescatados de los límites de nuestra naturaleza. 


Es la vida misma de Dios que se va a hacer presente en nuestra naturaleza, y en nuestra alma. Es la vida de Dios en la cual vamos a ser sumergidos. Sumergidos en esa vida, vamos a resucitar para la vida eterna. Esto es lo que no podemos comprender, pero que es en definitiva el misterio de la revelación que se nos ha dado. 


Sumergidos en Dios, sepultados en Dios, muertos en Dios, para resucitar con Él (Col. 3, 3-4). Predestinados en Él, justificados en Él, glorificados en el “Dios con nosotros”, toda la totalidad de Dios participada en nuestra naturaleza, toda la fuerza de Dios participada en nuestra alma, toda la Gracia de Dios en nuestros espíritu. Y eso invadiendo nuestras potencias, restaurando nuestra enfermedad, fortaleciendo nuestra debilidad, purificando nuestro pecado, orientando nuestra vida, “Dios con nosotros” (Rm. 8, 18-30). 


Esto es lo que tiene que asombrarnos, esto es lo que tiene que humillarnos, esto es lo que tiene que despojarnos en estos días de Navidad, de todo lo que no deje que Dios esté con nosotros. El plan providencial de Dios en nuestra salvación apuntó a eso, que el Verbo se haga carne y habite para siempre con nosotros. Es decir, y en todo caso, que nosotros habitemos para siempre en el misterio de Dios (Jn. 1, 14).

Fr. Aníbal Fosbery op, Reflexiones sobre textos del evangelio de San Juan, Vol. II. Pág. 43-44

En esta Nochebuena, te proponemos tener un momento de oración familiar: podés invitar a tu familia o amigos y juntos colocar el Niño Jesús en el pesebre. 

Oración ante el pesebre: 

Lector 1:

Querido Padre, Dios del cielo y de la tierra:

En esta noche santa te queremos dar gracias por tanto amor. Gracias por nuestra familia y por nuestro hogar. Gracias por las personas que trabajan con nosotros.

Bendícenos en este día tan especial en el que esperamos el nacimiento de tu Hijo. Ayúdanos a preparar nuestros corazones para recibir al Niño Jesús con amor, con alegría y esperanza. Estamos aquí reunidos para adorarlo y darle gracias por venir a nuestro mundo a llenar nuestras vidas.

Hoy al contemplar el pesebre recordamos especialmente a las familias que no tienen techo, alimento y comodidad. Te pedimos por ellas para que la Virgen y San José les ayuden a encontrar un cálido hogar.

Lector 2:

Padre bueno, te pedimos que el Niño Jesús nazca también en nuestros corazones para que podamos regalarle a otros el amor que Tu nos muestras día a día. Ayúdanos a reflejar con nuestra vida tu abundante misericordia.

Que junto con tus Ángeles y Arcángeles vivamos siempre alabándote y glorificándote.

(En este momento alguien de la familia pone al Niño Jesús en el pesebre o si ya esta allí se coloca un pequeño cirio o velita delante de Él).

Lector 3:

Santísima Virgen Maria, gracias por aceptar ser la Madre de Jesús y Madre nuestra, gracias por tu amor y protección. Sabemos que día a día intercedes por nosotros y por nuestras intenciones, gracias Madre.

Querido San José, gracias por ser padre y protector del Niño Jesús, te pedimos que ruegues a Dios por nosotros para que seamos una familia unida en el amor y podamos ser ejemplo de paz y reconciliación para los demás.

Amén.

¡Nos unimos en oración!

Gracias por compartir tus intenciones.

¡Los sacerdotes y Catherinas de Fasta rezaremos por ellas!