Espiritualidad

"La espiritualidad conforma un modo personal y colectivo de expresar la experiencia del Misterio de Dios"

Fr. Dr. Aníbal E. Fosbery O.P., "La espiritualidad de Fasta"

24 de mayo

“Toda misión, pues, es una misión que se hace en el Espíritu. Cada vez que tratamos de comunicar a otros el misterio de Dios, cada vez que nos convertimos en canales de su amor, es el Espíritu Santo el que obra en nosotros”.

Para reflexionar sobre Pentecostés

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. 

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Hoy celebramos la solemnidad de Pentecostés, y hay tres consideraciones en torno a las cuales podemos meditar a partir de este Evangelio.

Espíritu Santo: Persona divina

La primera de ellas es que el Espíritu Santo es una persona, nada menos que la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. No es una fuerza o una energía, sino una persona.

En ocasiones, se puede perder de vista esta verdad debido a que la manera como el Espíritu Santo se hace presente visiblemente en el mundo, no es la de una persona. En efecto, el Verbo Eterno del Padre asume una naturaleza humana perfecta y entra en el mundo como verdadero hombre. Nadie duda, pues, que se trate de una persona. Sin embargo, las formas visibles que asume el Espíritu Santo en la Escritura, no las solemos asociar con personas.

Al respecto, Santo Tomás de Aquino señala cuatro realidades que el Espíritu Santo asume en la Escritura: el fuego en Pentecostés, la paloma en el bautismo de Jesús, la nube en la transfiguración, y el soplo en este Evangelio.

Pero que estas realidades no nos confundan: el Espíritu Santo es una persona que comparte con el Padre y el Hijo la misma y única naturaleza divina. Así, cuando obra el Espíritu Santo obra con el poder de toda la Trinidad, obra con el Padre y con el Hijo.

Espíritu Santo: continuador de la misión del Hijo

La segunda consideración es que el Espíritu Santo es el continuador de la misión del Hijo. En efecto, a través del envío del Espíritu Santo, Jesús le da poder a sus discípulos para hacer las mismas cosas que hacía Él. Si acaso el ser humano puede continuar la misión del Hijo, es porque deja obrar en él al Espíritu Santo.

Cuando Jesús estaba física y visiblemente en este mundo, Él era el protagonista de la misión. Pero era una misión que se llevaba a cabo en el Espíritu. Y ahora que Jesús no lidera visiblemente la misión de evangelizar, adquiere una mayor relevancia el protagonismo del Espíritu Santo, que era protagonista también de la misión del Hijo.

Toda misión, pues, es una misión que se hace en el Espíritu. Cada vez que tratamos de comunicar a otros el misterio de Dios, cada vez que nos convertimos en canales de su amor, es el Espíritu Santo el que obra en nosotros, y lo hace sin anular nuestra libertad o rivalizar con ella.

Espíritu Santo: acceso al misterio de la Trinidad

Finalmente, la tercera consideración es que la teología ha sabido leer en el envío de las Personas Divinas al mundo, un camino de retorno a Dios. En ese eterno misterio de comunión en el amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el Padre engendra al Hijo, siendo que de ambos procede el Espíritu Santo. Y esas procesiones al interior de la Trinidad se expresan en la manifestación de la Trinidad en el mundo: el Padre envía al Hijo, y cuando la misión de este termina, es enviado visiblemente el Espíritu Santo.

Este camino de salida marca también un camino de retorno. En efecto, es en el Espíritu que somos configurados al Hijo para que, como hijos en el Hijo, nos ofrezcamos al Padre. En el Espíritu, por el Hijo, vamos al Padre.

Así, el Espíritu Santo se nos presenta como la vía de acceso al misterio de la Trinidad. Es Él quien va a esculpiendo en nosotros el rostro de Cristo, para que el Padre nos reconozca como sus hijos en el Hijo. De ahí que no solo la misión, sino que toda nuestra vida de fe es una vida en el Espíritu. Todo crecimiento en la fe, toda moción de acercamiento, toda gracia, todo don es del Espíritu. Y al ser del Espíritu, es del Dios Uno y Trino.

El Espíritu Santo está llamado a ser junto a nosotros el protagonista de nuestra vida de fe. Por eso, a partir de la meditación del Evangelio de hoy, le pedimos al Padre que nos conceda la gracia de una vida en el Espíritu.

***

El padre Daniel Torres Cox hace meditaciones diarias del Evangelio. Se puede acceder a ellas a través de Spotify o del siguiente grupo de Whatsapp:

– Whatsapp: https://chat.whatsapp.com/LgTjnAbfSEb0cVjFIqHkV4?mode=gi_t

– Spotify: https://spotify.link/77peKHZcxDb

Te invito a rezar

Ven Espíritu Santo, envía tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Amén.

08 de agosto

Santo Domingo de Guzmán

En Domingo vemos reflejadas importantes notas de la vida de Fasta. No podemos olvidar su honda vida espiritual, su amor a la Virgen María, su fervor apostólico y la vivencia con alegría de la fraternidad.

01 de octubre

Santa Teresita del Niño Jesús

Es patrona de la sección caperucitas, ya que su doctrina de la infancia espiritual ha ayudado a formar a cientos de caperucitas en nuestros centros juveniles (Rucas).

30 de agosto

Santa Rosa de Lima

Es modelo de la Sección Herederas quienes imitándola buscan crecer en su entrega por amor a Dios, la Iglesia y la Patria con el corazón dispuesto a recibir la Herencia que el Señor nos tiene prometida.

“Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Mt. 18, 20

Déjanos tus intenciones, rezamos por ellas:

En el principio ya existía aquel que es la Palabra,

y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.

Ya en el principio él estaba con Dios.

Todas las cosas vinieron a la existencia por él

y sin él nada empezó de cuanto existe.

Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas

y las tinieblas no la recibieron.

 

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

Él no era la luz, sino testigo de la luz.

 

Aquel que es la Palabra era la luz verdadera,

que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

En el mundo estaba;

el mundo había sido hecho por él

y, sin embargo, el mundo no lo conoció.

 

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron;

pero a todos los que lo recibieron

les concedió poder llegar a ser hijos de Dios,

a los que creen en su nombre,

los cuales no nacieron de la sangre,

ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre,

sino que nacieron de Dios.

 

Y aquel que es la Palabra se hizo hombre

y habitó entre nosotros.

Hemos visto su gloria,

gloria que le corresponde como a unigénito del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

 

Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando:

“A éste me refería cuando dije:

‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí,

porque ya existía antes que yo’ ”.

 

De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia.

Porque la ley fue dada por medio de Moisés,

mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás.

El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre,

es quien lo ha revelado.

Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes:

Como cada año, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jesús al monte, al santuario, acompañarlo en su acenso. En este día, por toda la faz de la tierra y a través de todos los siglos, jóvenes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

               Pero, ¿qué hacemos realmente cuando nos unimos a la procesión, al cortejo de aquellos que junto con Jesús subían a Jerusalén y lo aclamaban como rey de Israel? ¿Es algo más que una ceremonia, que una bella tradición? ¿Tiene quizás algo que ver con la verdadera realidad de nuestra vida, de nuestro mundo? Para encontrar la respuesta, debemos clarificar ante todo qué es lo que en realidad ha querido y ha hecho Jesús mismo. Tras la profesión de fe, que Pedro había realizado en Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la Tierra Santa, Jesús se había dirigido como peregrino hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Es un camino hacia el templo en la Ciudad Santa, hacia aquel lugar que aseguraba de modo particular a Israel la cercanía de Dios a su pueblo. Es un camino hacia la fiesta común de la Pascua, memorial de la liberación de Egipto y signo de la esperanza en la liberación definitiva. Él sabe que le espera una nueva Pascua, y que él mismo ocupará el lugar de los corderos inmolados, ofreciéndose así mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregará para siempre a los suyos, les abrirá la puerta hacia un nuevo camino de liberación, hacia la comunión con el Dios vivo. Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano.

               Los Santos Padres han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersección entre dos campos de gravedad. Ante todo, está la fuerza que le atrae hacia abajo – hacía el egoísmo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, está la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto. El hombre se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace auténticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad.

               Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegaría eucarística durante la cual el Señor entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitación: “Sursum corda – levantemos el corazón”. Según la concepción bíblica y la visión de los Santos Padres, el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este “corazón” debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto. …

               La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.

               Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, “que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Sal 23, 6). Amén.

Homilía del santo padre Benedicto XVI, domingo 17 de abril de 2011.