Jesús dijo a los judíos:
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.
Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»
Palabra de Dios
Dios, en su infinita misericordia, ha regalado a toda la humanidad y a toda la Iglesia un día especial para detenernos a contemplar el misterio de la Eucaristía, que es culmen y fuente de la vida cristiana. Nuestro Padre conoce nuestra debilidad y fragilidad, y sabe que muchas veces, entre las preocupaciones diarias, la Eucaristía deja de ser el centro de nuestros pensamientos.
Jesús es muy explícito en su mensaje; de hecho, resulta hasta impactante e incómodo su lenguaje. Pero pidámosle que hoy sus palabras despierten en nosotros un anhelo profundo por su Santísimo Cuerpo y Sangre.
En esta pequeña meditación haremos uso del Evangelio de san Juan y del Catecismo de la Iglesia Católica para reflexionar acerca de nuestra disposición al encuentro con Dios y sobre los frutos que este encuentro produce en nuestra alma.
El Catecismo nos dice que la sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo (CIC 1324). Esto significa que en la santa Misa puedo encontrar todo aquello que mi alma anhela y necesita para tener vida. Mi alma, que ha sido creada para lo infinito, se encuentra satisfecha en la comunión eucarística (aunque no lo sintamos). Ya lo dice Cristo: «Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes».
Dios nos ha dispuesto un medio de conversión y saciedad tan perfecto e incomparable como es la santa Misa. Desde el corazón podríamos decir, junto al salmista: «¡Qué grandes son tus obras, Señor, qué profundos tus designios!» (Sal 92,6). Durante la celebración eucarística, el Señor nos ayuda a disponer el corazón para recibirlo y, a la vez, llena nuestra alma con la recepción de su Cuerpo y Sangre. Cada oración y cada gesto litúrgico preparan nuestro corazón para la venida de Cristo. Por eso es tan importante estar atentos a las oraciones del sacerdote y a las del pueblo de Dios.
Jesús afirma: «El que me come vivirá por mí». Nosotros, que tantas veces hemos recibido a Jesús en la Eucaristía, ¿vemos viva nuestra alma? El propósito de esta meditación es precisamente ese: reflexionar sobre nuestra disposición hacia este sacramento y preguntarnos si realmente está dando frutos de vida eterna en nuestra vida.
Guiándonos por el Catecismo de la Iglesia Católica (1391-1401), reflexionaremos sobre algunos de esos frutos. Tengamos en cuenta que nuestro foco no será el sentimiento, si siento o no siento algo, sino una mirada más objetiva: observar a lo largo de nuestra historia si estos frutos, mencionados en el catecismo, se hacen presentes en nuestra vida.
Para finalizar, una última reflexión. La misión de nuestra vida es asemejarnos a Cristo, tener sus mismos pensamientos y sentimientos. La misión divina del Espíritu Santo es imprimir en nuestras almas la semejanza del Hijo Único. Ese Hijo Único que quiso permanecer entre nosotros bajo las especies de pan y vino. Y ese mismo Espíritu Santo que convierte el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos invita también a hacernos eucaristía como Cristo: «Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable» (Rom 12,1-2).
En definitiva, Dios nos ha regalado un sacramento que es alimento para el peregrino y prenda de vida eterna. Él ya puso su parte; ahora debemos preguntarnos si nosotros estamos haciendo la nuestra: acudir preparados a la santa Misa y pedir a Dios un corazón dispuesto para recibirlo.
“…¡Oh inestimable Caridad! Así como te nos diste todo Dios y todo hombre, así te quedaste todo en manjar para que mientras seamos peregrinos en esta vida no desfallezcamos de fatiga, sino que seamos fortalecidos por ti, Manjar celestial.
¡Oh hombre mercenario! ¿Qué te dejó tu Dios? Te dejó todo sí, Dios y hombre, envuelto en blancura de pan. ¡Oh fuego de amor!…”
08 de agosto
En Domingo vemos reflejadas importantes notas de la vida de Fasta. No podemos olvidar su honda vida espiritual, su amor a la Virgen María, su fervor apostólico y la vivencia con alegría de la fraternidad.
01 de octubre
Es patrona de la sección caperucitas, ya que su doctrina de la infancia espiritual ha ayudado a formar a cientos de caperucitas en nuestros centros juveniles (Rucas).
30 de agosto
Es modelo de la Sección Herederas quienes imitándola buscan crecer en su entrega por amor a Dios, la Iglesia y la Patria con el corazón dispuesto a recibir la Herencia que el Señor nos tiene prometida.
“Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.
Mt. 18, 20
Gracias por compartir tus intenciones.
¡Los sacerdotes y Catherinas de Fasta rezaremos por ellas!
En el principio ya existía aquel que es la Palabra,
y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.
Ya en el principio él estaba con Dios.
Todas las cosas vinieron a la existencia por él
y sin él nada empezó de cuanto existe.
Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas
y las tinieblas no la recibieron.
Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
Él no era la luz, sino testigo de la luz.
Aquel que es la Palabra era la luz verdadera,
que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
En el mundo estaba;
el mundo había sido hecho por él
y, sin embargo, el mundo no lo conoció.
Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron;
pero a todos los que lo recibieron
les concedió poder llegar a ser hijos de Dios,
a los que creen en su nombre,
los cuales no nacieron de la sangre,
ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre,
sino que nacieron de Dios.
Y aquel que es la Palabra se hizo hombre
y habitó entre nosotros.
Hemos visto su gloria,
gloria que le corresponde como a unigénito del Padre,
lleno de gracia y de verdad.
Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando:
“A éste me refería cuando dije:
‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí,
porque ya existía antes que yo’ ”.
De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia.
Porque la ley fue dada por medio de Moisés,
mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás.
El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre,
es quien lo ha revelado.
Palabra de Dios
Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes:
Como cada año, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jesús al monte, al santuario, acompañarlo en su acenso. En este día, por toda la faz de la tierra y a través de todos los siglos, jóvenes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».
Pero, ¿qué hacemos realmente cuando nos unimos a la procesión, al cortejo de aquellos que junto con Jesús subían a Jerusalén y lo aclamaban como rey de Israel? ¿Es algo más que una ceremonia, que una bella tradición? ¿Tiene quizás algo que ver con la verdadera realidad de nuestra vida, de nuestro mundo? Para encontrar la respuesta, debemos clarificar ante todo qué es lo que en realidad ha querido y ha hecho Jesús mismo. Tras la profesión de fe, que Pedro había realizado en Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la Tierra Santa, Jesús se había dirigido como peregrino hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Es un camino hacia el templo en la Ciudad Santa, hacia aquel lugar que aseguraba de modo particular a Israel la cercanía de Dios a su pueblo. Es un camino hacia la fiesta común de la Pascua, memorial de la liberación de Egipto y signo de la esperanza en la liberación definitiva. Él sabe que le espera una nueva Pascua, y que él mismo ocupará el lugar de los corderos inmolados, ofreciéndose así mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregará para siempre a los suyos, les abrirá la puerta hacia un nuevo camino de liberación, hacia la comunión con el Dios vivo. Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano. …
Los Santos Padres han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersección entre dos campos de gravedad. Ante todo, está la fuerza que le atrae hacia abajo – hacía el egoísmo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, está la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto. El hombre se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace auténticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad.
Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegaría eucarística durante la cual el Señor entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitación: “Sursum corda – levantemos el corazón”. Según la concepción bíblica y la visión de los Santos Padres, el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este “corazón” debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto. …
La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.
Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, “que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Sal 23, 6). Amén.