Spirituality

"Spirituality is a personal and collective way of expressing the experience of God's Mystery"

Fr. Dr. Aníbal E. Fosbery, O.P., "The spirituality of Fasta"

October

Missionary Month

The Catholic Church celebrates in October the Missionary Month to awaken the Missionary Spirit in the faithful.

“Why mission? Because to us, as to St. Paul, ‘this grace was given, to preach to the Gentiles the unsearchable riches of Christ’ (Eph 3:8). Newness of life in him is the ‘Good News’ for men and women of every age: all are called to it and destined for it. Indeed, all people are searching for it, albeit at times in a confused way, and have a right to know the value of this gift and to approach it freely. The Church, and every individual Christian within her, may not keep hidden or monopolize this newness and richness which has been received from God’s bounty in order to be communicated to all mankind.”

John Paul II, “Redemptoris missio”

Santo-Tomás-de-Aquino

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Santo Tomás de Aquino

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"For where two or three are gathered together in my name, there am I in the midst of them."

Mt. 18:20

Submit your intentions, so we can pray for them:

Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada. Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.

Nuestra esperanza: Cristo 

El tiempo de Adviento, para el que la Iglesia comienza a prepararnos, es un tiempo de conversión y esperanza. La Iglesia quiere que estemos preparados para la segunda venida del Señor, que todavía no se ha realizado. No podemos entender la Navidad sino en razón de esta otra venida, que todavía no se ha realizado y que aguardamos. No sabemos cuándo va a ocurrir pero sabemos que va a ocurrir. Y entonces será el fin, el Hijo entregará al Padre el Reino y todo el cosmos será recreado definitivamente en la justicia y en la gloria de Dios.

Mientras aguardamos la definitiva llegada del Reino, caminamos en medio de las incertidumbres del mundo y del tiempo. Creemos en Dios, a veces amamos a Dios, a veces lo buscamos. Pero, al mismo tiempo, embarga nuestro corazón una incertidumbre, fruto de nuestra propia miseria, de nuestras debilidades, de nuestros quebrantos, y estamos en una suerte de indefinición espiritual. Por un lado confiamos, por otro tememos. Y sin embargo, la Iglesia quiere que nosotros, en este tiempo, reforcemos la esperanza. 

La esperanza, no entendida como una simple afirmación sensible, de una suerte de bonomía que va a ocurrir en estos días de Navidad; algo así como si de repente todos nos sintiéramos un poco mejores y más buenos y pudiéramos mirarnos a los ojos y sentir que la vida es linda y que las cosas son buenas y, de esa manera, sentirnos mejores. No se trata de eso, para eso no vino Jesús, para eso no se encarnó el Hijo de Dios, para eso no murió Cristo en la Cruz. Se trata de una esperanza teologal, fuerte, profunda. Es la esperanza que se afirma y se apoya en el auxilio divino. Es la convicción interior de saber que Dios es el triunfador y el Señor, a pesar de todo. Es la actitud interior del espíritu que sabe que tiene que aguardar y esperar a que se cumpla la palabra de Dios, “porque el cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Dios no pasarán” (Mt. 24, 35)

Es una esperanza que se une a la esperanza de los Patriarcas. Es una esperanza que se une a la esperanza de los profetas. Es la esperanza de la Virgen, aguardando que llegue el Verbo encarnado en su seno esperando para liberarnos y salvarnos. Es la esperanza silenciosa y justa de San José. La de los Apóstoles. Es la esperanza quieta, silenciosa de la Iglesia. Esa esperanza que puede ver transitar las realidades del mundo y de las cosas con sus más y sus menos, con sus catástrofes y sus realidades buenas y malas pero que es consciente que, detrás de todo eso, hay algo que nos mantiene en el sosiego, algo que nos mantiene imperturbables. Sabemos que Dios está más allá de todas esas catástrofes cotidianas y realidades que pasan, de la enfermedad, del pecado, de la corrupción, de la muerte. Sabemos que Cristo es Dios, y un Dios que quiere salvarnos. Sabemos que, si bien hay pecado, también hay gracia y que siempre hay más gracia que pecado. Sabemos que Dios ha muerto en la Cruz para salvarnos. Sabemos que Dios ha resucitado y ese destino de muerte y de resurrección es nuestro destino. Que más fuerte que toda nuestra miseria es nuestro Bautismo y que más fuerte que todo nuestro pecado es ese querer de Dios para salvarnos (Rm. 8, 1-27).

A pesar de esas incertidumbres del corazón, a pesar de los mensajes oscuros que me quedan en el alma cuando leo los diarios de cada día, a pesar de todo eso, confío y creo, espero y aguardo y me sosiego y me tranquilizo interiormente “porque sé que si Dios está contra nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rm. 8, 31). Porque sé que finalmente la victoria es de Dios; será de Dios. Y el signo ya se nos ha dado y ese signo será el de esa noche santa en que “encontraremos al pequeño Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Ése es el signo de la salvación (Lc. 2, 6-7).

Tengo que desasirme interiormente, achicarme, humillarme, hacerme más sencillo, menos violento, menos complicado, menos retorcido, serenar el corazón, abrir el alma para que llegue el Señor, el Dios justo, el Dios bueno, el Dios que salva, que perdona, el Dios de la misericordia. 

Esa noche, esa noche santa, te aguardamos Señor. Te esperamos en paz, en sencillez de corazón, convertidos a tí Señor te aguardamos. Esa es nuestra esperanza. Ahí se apoya toda la fuerza de nuestra vida. Todo lo demás pasará, se irá, sólo tú Señor quedarás. Y por eso finalmente sólo en ti Señor podemos esperar (Mt. 24, 29-31). 

Fr. Aníbal Fosbery, Reflexiones sobre textos del evangelio de San Mateo, Vol. II. Pág. 300-301

Una hermosa tradición del tiempo de adviento es poder armar el pesebre. Te invitamos a contemplarlo, a descubrir las maravillas que encierra. En esa pequeñez y humildad quiso nacer nuestro Salvador. 

Durante este tiempo de espera hasta la Navidad te invitamos a rezar esta oración:

Jesús, Hijo de María, Hijo de Dios: la Luz de la Navidad ha llegado como llegó a los pastores y a los magos de Oriente. En Belén, en tu carne tan débil, está todo el amor de Dios; en tu carne está aquel amor, aquella ternura, aquella esperanza confiada que sólo Dios es capaz de dar. 

Mirándote, acostado en el pesebre, acompañado del amor de María y de José, quiero poner en tus manos mis ilusiones y mis temores. Y quiero poner en tus manos el mundo entero: a quienes más quiero y a quienes no conozco, a los de cerca y a los de lejos; y, sobre todo, a los que más sufren. 

Jesús, hijo de María, hijo de Dios: ilumínanos con la claridad de tu amor. Que la inocencia de tu mirada y de tu pequeñez impulse en nosotros el deseo de ser santos, y de ser para otros luz del mundo y sal de la tierra. Amén.

We join together in prayer!

Thank you for sharing your intentions.

The priests and Catherines of Fasta will pray for them!