Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios”.

(Lc 1 – 35)

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Te invito a leer

Como cada año, la Iglesia celebra el 8 de diciembre, la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Esta fiesta fue establecida en 1476 por el Papa Sixto IV; y el Papa Clemente XI la hizo universal en 1708. Pero fue el Papa Pío IX quien proclamó solemnemente en 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción de María: “Declaramos, afirmamos y definimos verdad revelada por Dios la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada, por especial gracia y privilegio de Dios omnipotente, en previsión de los méritos de Jesucristo Salvador del género humano, inmune de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción”. (Bula Ineffabilis Deus, 1854).

 

A continuación, leemos el Evangelio correspondiente a dicha Solemnidad: 

 

En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»

El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.»

Y el Ángel se alejó.

Te invito a meditar

“No hay nada imposible para Dios”. Cuando se piensa el plan que Dios tiene preparado para nosotros, como lo expresa San Pablo tan claramente: “Dios quiere que seamos Santos e Inmaculados en su presencia, por un designio de su beneplácito divino- dice el Apóstol-, ha querido que seamos hijos suyos por Jesucristo (Ef. 1, 3- 5), uno no puede menos que maravillarse. 

¡Qué plan tan asombroso! Nosotros miserables, pequeños y corruptos, que vivimos volcados a la idolatría de las cosas temporales, y sin embargo estamos llamados a ser herederos de la esperanza del Reino, llamados a ser santos e inmaculados en la presencia de Dios, llamados a ser hijos de Dios en Jesucristo. ¡Ese es nuestro destino! ¡Esa es nuestra única y valedera vocación!

Pero ¿es posible que se realice esto? ¿Es posible que este plan de Dios se cumpla? Para que no tengamos ninguna duda de que no hay nada imposible para Dios, ahí está la Virgen. La primera, la elegida de entre nosotros para que en Ella se cumpla, en primera instancia, y de modo total y pleno lo que Dios tiene preparado para nosotros. La dulce Doncella de Nazareth es elegida por Dios para que en Ella se cumpla plenamente todo lo que Dios quiere que nos pase a nosotros. 

Y a Ella, a la Virgen, antes que se instaure el Reino, porque el Reino de Dios se instaura en el momento de la Crucifixión y de la Muerte y Resurrección de Cristo, pero antes mismo de que Cristo muera e instaure el Reino, Dios ya le aplica todas las gracias, todos los dones, todas las fuerzas salvíficas de su redención. Por eso es la plena de Gracia. En Ella queda restaurado todo el quebrantado origen de nuestro pecado original. Nuestro origen prevaricador, y bastardo. Es en la Virgen restaurada como origen de justicia, de redención y de salvación. Volvemos a ser en la Virgen, en Ella la primera volvemos a ser imagen y semejanza de Dios: ¡ese es nuestro origen!

Por eso hay que volver a la Virgen, y hay que amar a la Virgen. Ella es nuestro modelo. Es una de los nuestros santificada, es nuestro paradigma. Ella es la que tiene que estar acompañando el plan que Dios tiene de salvación, porque en Ella ya se está realizando lo que Dios quiere que se dé en cada uno de nosotros. Hay que abrir el corazón a Dios, hay que abrir el alma a su mensaje, y nos va a nacer el Redentor. Vamos de nuevo a representar, es decir, hacer presente, con y en el misterio de liturgia de la Iglesia, todas las gracias divinas de la salvación. En la Navidad se dará el signo de nuestra salvación, vamos a encontrar al Niño envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Junto al Niño, silenciosa, contemplativa, la Virgen, la Doncella. Al lado de Ella, nosotros, con nuestras miserias, con nuestros quebrantos, con nuestros pecados, porque no tenemos nada más que eso para ofrecerle a Dios. Y se lo ofrecemos con la angustia interior del arrepentimiento y de la humillación, para que el Señor Jesús que viene, y en la Virgen silenciosa que nos aguarda, toda esta miseria se transforme en gracia, en salvación y en esperanza.

Queridos míos, ya llega el Señor, Emmanuel, ya no estamos solos, definitivamente Dios está con nosotros, con su gracia, con su paz, con su amor, con su salvación. ¿Podemos estar angustiados si Dios está con nosotros? ¿Podemos estar quebrantados si Dios está con nosotros? ¿Podemos sentirnos desolados si Dios está con nosotros? Dios está con toda su fuerza, con toda su gracia… ¡Abrir el corazón a Dios! Prepararnos a su llegada, en sosiego, en paz, en gracia, en alegría, en esperanza ¡Dios está con nosotros! Y si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

Te invito a rezar

Virgen Santa e Inmaculada,
a Ti, que eres el orgullo de nuestro pueblo
y el amparo maternal de nuestra ciudad,
nos acogemos con confianza y amor.

Eres toda belleza, María.
En Ti no hay mancha de pecado.

Renueva en nosotros el deseo de ser santos:
que en nuestras palabras resplandezca la verdad,
que nuestras obras sean un canto a la caridad,
que en nuestro cuerpo y en nuestro corazón brillen la pureza y la castidad,
que en nuestra vida se refleje el esplendor del Evangelio.

Eres toda belleza, María.
En Ti se hizo carne la Palabra de Dios.

Ayúdanos a estar siempre atentos a la voz del Señor:
que no seamos sordos al grito de los pobres,
que el sufrimiento de los enfermos y de los oprimidos no nos encuentre distraídos,
que la soledad de los ancianos y la indefensión de los niños no nos dejen indiferentes,
que amemos y respetemos siempre la vida humana.

Eres toda belleza, María.
En Ti vemos la alegría completa de la vida dichosa con Dios.

Haz que nunca perdamos el rumbo en este mundo:
que la luz de la fe ilumine nuestra vida,
que la fuerza consoladora de la esperanza dirija nuestros pasos,
que el ardor entusiasta del amor inflame nuestro corazón,
que nuestros ojos estén fijos en el Señor, fuente de la verdadera alegría.

Eres toda belleza, María.
Escucha nuestra oración, atiende a nuestra súplica:
que el amor misericordioso de Dios en Jesús nos seduzca,
que la belleza divina nos salve, a nosotros, a nuestra ciudad y al mundo entero.

Amén.

(Papa Francisco, Acto de veneración a la Inmaculada en la Plaza de España, Roma. 8 de diciembre de 2013)

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