Espiritualidad

"La espiritualidad conforma un modo personal y colectivo de expresar la experiencia del Misterio de Dios"

Fr. Dr. Aníbal E. Fosbery O.P., "La espiritualidad de Fasta"

3 de abril

El Sábado Santo es un buen día para mirar al Señor y agradecerle tanto amor.

Para reflexionar sobre Sábado Santo

“Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos.”

Palabra de Dios

Los altares están hoy despojados. El altar simboliza al mismo Cristo: por eso el sacerdote lo besa al empezar y al terminar la Misa, y por eso está hoy desnudo. Sin manteles, sin velas, sin crucifijo. Jesús ha muerto y descansa en el sepulcro.

Hoy es también el día del silencio. Todo lo que hemos vivido en los últimos días se agolpa de alguna manera en el corazón y en la memoria. Un poco como sucede cuando termina una gran sinfonía. Muchos directores piden al público que dejen un tiempo antes de los inevitables aplausos, para que la música pueda aún resonar en los corazones. En este día de silencio, podemos comenzar nuestra oración preguntándonos: ¿Cómo estaría la Virgen María en aquel sábado que siguió a la muerte de su hijo? ¿Cómo estaría María Magdalena tras contemplar la muerte de su Señor? ¿Cómo estaría el joven Juan? ¿Cómo estarían los apóstoles que habían abandonado a Jesús? Lo que han vivido resuena en su alma, y cada cosa adquiere el relieve que realmente ha tenido para ellos. También para nosotros. ¿Qué ha significado para mí la celebración de la Pasión? ¿Qué significa para mí que Dios se haya hecho hombre y haya muerto para liberarme del pecado y darme la vida eterna?

Qué escena tan hermosa, el final de la pasión de San Juan, cap. 19. Imaginemos a aquellos hombres que descuelgan el cuerpo de Jesús. Es como un saco, pesado, sin vida. Está cubierto de sangre reseca. Y está empezando a enfriarse. Lo desclavan, lo bajan, y la Virgen es la primera que lo abraza.

Después, enseguida, tienen que arrancarlo de sus brazos, porque hay que sepultarlo cuanto antes. Es la víspera de la Pascua, la fiesta más grande de Israel, y a partir del anochecer no está permitido moverse o trabajar. Lo llevan al sepulcro. Alguna de las mujeres ha ido a buscar agua para limpiar el cuerpo. Y trapos. Nicodemo trae una mixtura de mirra y áloe, para cubrir el cuerpo de Jesús y el lugar de la sepultura. Es un piadoso intento de vencer el poder destructor de la muerte. Hay un detalle que nos puede pasar desapercibido: de aquella mixtura había traído Nicodemo unas cien libras.

Nos parece estupendo: cien libras; hasta suena bien: 100. Pero cada libra eran unos 320 gramos, de modo que el bueno de Nicodemo había traído ¡32 kilos de mirra y áloe! 32 kilos de perfumes para embalsamar el cuerpo de Cristo… Es una barbaridad. Un exceso que cierra el relato de la Pasión recordándonos que, en realidad, la Pasión entera consiste en eso: un exceso, una sobreabundancia de amor. Si un hombre práctico, de los que saben moverse en la vida, hubiera visto a Nicodemo llegar con tamaña cantidad de perfumes, tal vez le habría dicho: «No hacía falta tanto. ¿Para qué has traído tanto? Todo el mundo sabe que para embalsamar no hace falta tanto… y menos ahora, que no tenemos ni tiempo». En realidad, ese hombre tan resolutivo podría decir lo mismo al contemplar la Pasión, paso a paso: «No hacía falta tanto». Y así se alzaría su oración, en un tono condescendiente: «Jesús, en realidad, no hacía falta que se burlaran tanto de ti. No hacía falta que te flagelaran. Desde luego no hacía falta que te coronaran de espinas. Ni que cayeras al suelo, camino del Calvario. Y tampoco hacía falta que te clavaran con clavos. ¿Sabes?, a otra gente no la clavaban con clavos. No hacía falta que murieras desangrado… los dos ladrones no murieron desangrados. Todo esto no hacía falta…».

Quizá este hombre que sabe tanto de la vida tenga razón, y no hacía falta, pero en todo caso no ha comprendido nada. Si dejamos que el Evangelio nos hable, nos damos cuenta de que, en la vida de Jesús, todo es sobreabundancia. Todo es magnanimidad. En Caná de Galilea, 400 litros de vino. ¿Hacía falta tanto? Estaba acabando la boda… ¿no bastaba un poco menos? Cuando Jesús multiplica los panes, sobran doce cestos. Una de estas personas que lo sabe todo, habría ido a decirle: «No hacía falta tanto. Con menos multiplicación cubríamos igual…».

Es muy posible que, al ver nuestra vida cristiana, otras personas digan eso mismo: «No hace falta tanto». Como los que dicen que no hay que ser tan radicales, que no es preciso rezar tanto, que no es necesario estar siempre pensando en Jesús, y tanta insistencia en la oración y en pensar en los demás, por no hablar del sacrificio y el dedicar tiempo a la gente que no tiene a nadie… No hace falta tanto. Y tú y yo podemos encoger los hombros y quedarnos igual, o más bien responder que quizá sí: quizá sí que hace falta tanto. Los santos, contemplando el misterio de la Pasión han llegado a esa conclusión. El obispo Severo lo resumió en una carta a san Agustín: «La medida del amor es amar sin medida». Y al revés, cuando en una relación de amor entra el cálculo, se acabó el amor.

La medida del amor es amar sin medida porque, al amar, no damos solamente «lo que hace falta», lo útil, sino que queremos darlo todo, queremos darnos del todo. Revivir la Pasión es, en el fondo, una invitación a descubrir cuánto nos ama Jesús y hasta dónde está dispuesto a llegar para librarnos del pecado y llenarnos de la vida plena.

El Sábado Santo es un buen día para mirar al Señor y agradecerle tanto amor. Como cualquier persona que ve que otra le ama mucho más de lo que merece, le diremos: «Jesús, no hacía falta tanto; pero una vez que me has dado todo este amor, me gustaría acogerlo todo. Gracias, Señor, gracias, gracias…».

….

Antes de terminar, miremos a María. A lo largo del sábado, los apóstoles volvieron al cenáculo y allí se encontraron con ella. Y la Virgen los abrazaría uno a uno. Secaría sus lágrimas, les devolvería la esperanza, quizá les recordaría que ya les había dicho su hijo, tantas veces, que debía ser entregado… En este Sábado Santo, María es la esperanza de la Iglesia, nuestra esperanza.

De la Pasión a la Misericordia. Meditaciones para la Semana Santa y la Octava de Pascua

Te invito a rezar

Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana:
en el tálamo nupcial
el Rey descansa.

Muertos de negros sepulcros,
venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
la Iglesia aguarda.

Llegad al jardín, creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara.

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas:
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.

Salve, cuerpo cobijado
bajo las divinas alas;
salve, casa del Espíritu,
nuestra morada. Amén.

08 de agosto

Santo Domingo de Guzmán

En Domingo vemos reflejadas importantes notas de la vida de Fasta. No podemos olvidar su honda vida espiritual, su amor a la Virgen María, su fervor apostólico y la vivencia con alegría de la fraternidad.

01 de octubre

Santa Teresita del Niño Jesús

Es patrona de la sección caperucitas, ya que su doctrina de la infancia espiritual ha ayudado a formar a cientos de caperucitas en nuestros centros juveniles (Rucas).

30 de agosto

Santa Rosa de Lima

Es modelo de la Sección Herederas quienes imitándola buscan crecer en su entrega por amor a Dios, la Iglesia y la Patria con el corazón dispuesto a recibir la Herencia que el Señor nos tiene prometida.

“Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Mt. 18, 20

Déjanos tus intenciones, rezamos por ellas:

¡Nos unimos en oración!

Gracias por compartir tus intenciones.

¡Los sacerdotes y Catherinas de Fasta rezaremos por ellas!

En el principio ya existía aquel que es la Palabra,

y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.

Ya en el principio él estaba con Dios.

Todas las cosas vinieron a la existencia por él

y sin él nada empezó de cuanto existe.

Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas

y las tinieblas no la recibieron.

 

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

Él no era la luz, sino testigo de la luz.

 

Aquel que es la Palabra era la luz verdadera,

que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

En el mundo estaba;

el mundo había sido hecho por él

y, sin embargo, el mundo no lo conoció.

 

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron;

pero a todos los que lo recibieron

les concedió poder llegar a ser hijos de Dios,

a los que creen en su nombre,

los cuales no nacieron de la sangre,

ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre,

sino que nacieron de Dios.

 

Y aquel que es la Palabra se hizo hombre

y habitó entre nosotros.

Hemos visto su gloria,

gloria que le corresponde como a unigénito del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

 

Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando:

“A éste me refería cuando dije:

‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí,

porque ya existía antes que yo’ ”.

 

De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia.

Porque la ley fue dada por medio de Moisés,

mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás.

El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre,

es quien lo ha revelado.

Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes:

Como cada año, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jesús al monte, al santuario, acompañarlo en su acenso. En este día, por toda la faz de la tierra y a través de todos los siglos, jóvenes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

               Pero, ¿qué hacemos realmente cuando nos unimos a la procesión, al cortejo de aquellos que junto con Jesús subían a Jerusalén y lo aclamaban como rey de Israel? ¿Es algo más que una ceremonia, que una bella tradición? ¿Tiene quizás algo que ver con la verdadera realidad de nuestra vida, de nuestro mundo? Para encontrar la respuesta, debemos clarificar ante todo qué es lo que en realidad ha querido y ha hecho Jesús mismo. Tras la profesión de fe, que Pedro había realizado en Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la Tierra Santa, Jesús se había dirigido como peregrino hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Es un camino hacia el templo en la Ciudad Santa, hacia aquel lugar que aseguraba de modo particular a Israel la cercanía de Dios a su pueblo. Es un camino hacia la fiesta común de la Pascua, memorial de la liberación de Egipto y signo de la esperanza en la liberación definitiva. Él sabe que le espera una nueva Pascua, y que él mismo ocupará el lugar de los corderos inmolados, ofreciéndose así mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregará para siempre a los suyos, les abrirá la puerta hacia un nuevo camino de liberación, hacia la comunión con el Dios vivo. Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano.

               Los Santos Padres han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersección entre dos campos de gravedad. Ante todo, está la fuerza que le atrae hacia abajo – hacía el egoísmo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, está la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto. El hombre se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace auténticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad.

               Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegaría eucarística durante la cual el Señor entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitación: “Sursum corda – levantemos el corazón”. Según la concepción bíblica y la visión de los Santos Padres, el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este “corazón” debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto. …

               La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.

               Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, “que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Sal 23, 6). Amén.

Homilía del santo padre Benedicto XVI, domingo 17 de abril de 2011.