Espiritualidad

"La espiritualidad conforma un modo personal y colectivo de expresar la experiencia del Misterio de Dios"

Fr. Dr. Aníbal E. Fosbery O.P., "La espiritualidad de Fasta"

25 de diciembre

La Navidad es tiempo de misericordia. Es el signo de la Iglesia abierta al mensaje de la misericordia de Dios.

Para reflexionar sobre Navidad

“En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él» (Lc. 2, 1-14)

La Navidad, tiempo de la misericordia de Dios hacia el hombre (Lc. 2, 1-14)

El tiempo de Navidad es el tiempo de aguardar la manifestación de la misericordia de Dios.

La Iglesia en su liturgia, y a través de los textos revelados nos va marcando los tonos de este tiempo de esperanza, y de misericordia.

La primera venida del Señor, humilde y silenciosa, se une a la segunda venida del Señor, triunfante y gloriosa. Mientras tanto tenemos que caminar en la esperanza de la misericordia del Señor, que se hace presente de modo visible e invisible, en el misterio de la vida de la Iglesia.

En la primera venida del Señor, es Dios el que se muestra y sale al encuentro, en el signo tierno del pequeño Hijo de Dios, Hijo de la Virgen, recostado en le pesebre. Ese es el signo.

En la segunda venida, el Señor vendrá como juez a restaurar todo el cosmos en su justicia, y vendrá glorioso y esplendoroso. Él vendrá a nuestro encuentro como juez.

Ahora está oculto, invisible y misterioso, pero presente en el signo de la Iglesia, y somos nosotros los que tenemos que salir al encuentro de Él, porque si no nos encontramos con el Señor, no nos salvamos. Tenemos que llegar hasta Jesús para poder recibir su misericordia.

Frecuentemente se marca un tono excesivamente moral en la vida cristiana, como si hubiera una suerte de actitud, de comportamientos, que ordenados a sus objetos propios por las virtudes, fueran el fin de la vida cristiana. Y la vida moral no es un fin, es un medio. Santo Tomás la expresa como el camino del retorno hacia Dios, hacia la semejanza con Dios. La vida moral y fundamentalmente las Bienaventuranzas, son el modo como me encuentro con el Señor, y puedo entrar en comunión con Él. Este es el sentido de mi vida moral. No es una especie de exquisitez de costumbres, es simplemente un camino para encontrarme con el Señor, y entonces “somos morada de Dios por el Espíritu”, como dice el Apóstol (Ef. 2, 22).

Tenemos que ser morada de Dios por el Espíritu. El quebrantar el orden moral es grave, porque quiebra la comunión con el Señor. Dejo de ser morada de Dios por el Espíritu, y al dejar de ser morada de Dios por el Espíritu, no recibo la gracia de la misericordia, que es la única que me salva. No me puedo salvar por mérito, me salvo por misericordia, por gracia. Aunque mi mérito pueda mover la misericordia de Dios, pero es la misericordia de Dios la que salva.

La Navidad es tiempo de misericordia. Es el signo de la Iglesia abierta al mensaje de la misericordia de Dios. La Iglesia nos muestra esa apertura inmensa de Dios a la misericordia de los pobres, de los enfermos, de los miserables. La Iglesia no es un lugar para exquisitos, para elegidos. Es esta gran manifestación de la misericordia de Dios, este signo visible e invisible del misterio de Dios operando en medio de nosotros desde su misericordia. Y no se necesita ser ni un intelectual, ni un exquisito de la inteligencia, ni un exquisito de las costumbres, se necesita abrir el corazón a la gracia, y convertirnos para encontrarnos con el Señor en su misericordia, como tullidos, como pobres, como inválidos.

(…) Incorporarnos a ese tono de misericordia de la Iglesia en esta Navidad. Ablandar el corazón adentro del misterio de la Iglesia, del pequeño Niño “envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

Hemos visto, sobre todo en estos últimos años, todos los tironeos a que ha sido sometida la Iglesia por ideologías, para manipularla, usarla y transformarla, para que sea instrumento del cambio social. Eso no es la Iglesia. También se ha querido transformar en un espacio de exquisitos. La vieja herejía gnóstica. Tenemos que ver la pobreza de la Iglesia. La Iglesia es pobre.

¿Dónde está la pobreza de la Iglesia?, en ser un espacio de salvación para los miserables, para los pecadores, para los caídos, para los enfermos, esa es la Iglesia. Si quiero otra cosa, la tengo que buscar fuera de la Iglesia. (…) Nosotros somos la pobreza de la Iglesia que se nos muestra de modo casi evidente en la Navidad, con María, José y el Niño en el pesebre.

Desde nuestra pobreza se muestra la omnipotencia y el poder de Dios con su misericordia. Ese es el signo que hay que descubrir.La Navidad tiene que prepararnos, y de modo especial, preparar nuestro corazón, a esa actitud de misericordia. “El Señor se compadecía de las turbas enfermas, miserables y pobres.” Nuestra Ciudad Miliciana tiene que reflejar ese espacio de pobreza y de miseria, y si no, no es signo misterioso de la Iglesia. Solo así es posible festejar la Navidad.

Reflexiones sobre textos del Evangelio de San Lucas, vol III, págs. 65-68

Te invito a rezar

“Jesús, te miramos, acurrucado en el pesebre. Te vemos tan cercano, que estás junto a nosotros por siempre. Gracias, Señor. Te contemplamos pobre, enseñándonos que la verdadera riqueza no está en las cosas, sino en las personas, sobre todo en los pobres. Perdónanos, si no te hemos reconocido y servido en ellos. Te vemos concreto, porque concreto es tu amor por nosotros, Jesús ayúdanos a dar carne y vida a nuestra fe.” Amén.

08 de agosto

Santo Domingo de Guzmán

En Domingo vemos reflejadas importantes notas de la vida de Fasta. No podemos olvidar su honda vida espiritual, su amor a la Virgen María, su fervor apostólico y la vivencia con alegría de la fraternidad.

01 de octubre

Santa Teresita del Niño Jesús

Es patrona de la sección caperucitas, ya que su doctrina de la infancia espiritual ha ayudado a formar a cientos de caperucitas en nuestros centros juveniles (Rucas).

30 de agosto

Santa Rosa de Lima

Es modelo de la Sección Herederas quienes imitándola buscan crecer en su entrega por amor a Dios, la Iglesia y la Patria con el corazón dispuesto a recibir la Herencia que el Señor nos tiene prometida.

“Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Mt. 18, 20

Déjanos tus intenciones, rezamos por ellas:

En el principio ya existía aquel que es la Palabra,

y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.

Ya en el principio él estaba con Dios.

Todas las cosas vinieron a la existencia por él

y sin él nada empezó de cuanto existe.

Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas

y las tinieblas no la recibieron.

 

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

Él no era la luz, sino testigo de la luz.

 

Aquel que es la Palabra era la luz verdadera,

que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

En el mundo estaba;

el mundo había sido hecho por él

y, sin embargo, el mundo no lo conoció.

 

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron;

pero a todos los que lo recibieron

les concedió poder llegar a ser hijos de Dios,

a los que creen en su nombre,

los cuales no nacieron de la sangre,

ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre,

sino que nacieron de Dios.

 

Y aquel que es la Palabra se hizo hombre

y habitó entre nosotros.

Hemos visto su gloria,

gloria que le corresponde como a unigénito del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

 

Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando:

“A éste me refería cuando dije:

‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí,

porque ya existía antes que yo’ ”.

 

De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia.

Porque la ley fue dada por medio de Moisés,

mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás.

El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre,

es quien lo ha revelado.

Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes:

Como cada año, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jesús al monte, al santuario, acompañarlo en su acenso. En este día, por toda la faz de la tierra y a través de todos los siglos, jóvenes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

               Pero, ¿qué hacemos realmente cuando nos unimos a la procesión, al cortejo de aquellos que junto con Jesús subían a Jerusalén y lo aclamaban como rey de Israel? ¿Es algo más que una ceremonia, que una bella tradición? ¿Tiene quizás algo que ver con la verdadera realidad de nuestra vida, de nuestro mundo? Para encontrar la respuesta, debemos clarificar ante todo qué es lo que en realidad ha querido y ha hecho Jesús mismo. Tras la profesión de fe, que Pedro había realizado en Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la Tierra Santa, Jesús se había dirigido como peregrino hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Es un camino hacia el templo en la Ciudad Santa, hacia aquel lugar que aseguraba de modo particular a Israel la cercanía de Dios a su pueblo. Es un camino hacia la fiesta común de la Pascua, memorial de la liberación de Egipto y signo de la esperanza en la liberación definitiva. Él sabe que le espera una nueva Pascua, y que él mismo ocupará el lugar de los corderos inmolados, ofreciéndose así mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregará para siempre a los suyos, les abrirá la puerta hacia un nuevo camino de liberación, hacia la comunión con el Dios vivo. Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano.

               Los Santos Padres han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersección entre dos campos de gravedad. Ante todo, está la fuerza que le atrae hacia abajo – hacía el egoísmo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, está la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto. El hombre se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace auténticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad.

               Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegaría eucarística durante la cual el Señor entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitación: “Sursum corda – levantemos el corazón”. Según la concepción bíblica y la visión de los Santos Padres, el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este “corazón” debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto. …

               La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.

               Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, “que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Sal 23, 6). Amén.

Homilía del santo padre Benedicto XVI, domingo 17 de abril de 2011.

¡Nos unimos en oración!

Gracias por compartir tus intenciones.

¡Los sacerdotes y Catherinas de Fasta rezaremos por ellas!