Espiritualidad

"La espiritualidad conforma un modo personal y colectivo de expresar la experiencia del Misterio de Dios"

Fr. Dr. Aníbal E. Fosbery O.P., "La espiritualidad de Fasta"

8 de septiembre

“Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que con ser estrella es tal que el mismo sol nace de ella.”

Para reflexionar sobre Natividad de la Virgen María

Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.

Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.

Palabra de Dios.

Queridos hermanos, el 8 de septiembre recordamos la fiesta de la Natividad de María, que se celebra precisamente nueve meses después de la Inmaculada Concepción, que recordamos cada 8 de diciembre.

La Palabra de Dios profetiza a través de Miqueas esa gracia que todo el mundo antiguo esperaba, y que por María se manifestó en la plenitud de los tiempos: la gracia del nacimiento del Redentor. Dice la primera lectura: “En cuanto a ti, Belén, Efratá, la menor entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser el gobernador de Israel”.

También nosotros, como cristianos, no dejamos de asombrarnos de cómo el Señor manifiesta su fidelidad a la promesa hecha a Abraham, y cómo, valiéndose de María, de esta virgen niña, llega a nosotros la alegría de este Dios que es el Emanuel de nuestro Señor Jesucristo, el Dios que salva, el Dios entre nosotros.

Dice algún autor: “Cuando nació Juan Bautista, la gente se preguntaba: ¿qué va a hacer este niño?” De María se preguntarían lo mismo, pero ella comprende que, aunque quisiera hablar de lo mucho que lleva dentro, debe callar y vivir en completa soledad, de la que es un reflejo el aislamiento del niño que crece entre gente mayor. María, llena de gracia, vivía como perfectísima hija de Dios, entre hombres que habían perdido la filiación divina, que habían pecado y sentían la tentación y sus inclinaciones al pecado.

Tenemos que asombrarnos de esto. Era la luz en medio de las tinieblas, pero era la luz que recibía toda gracia, toda luminosidad, por esos méritos de nuestro Señor Jesucristo, por los méritos de ese Hijo que iba a nacer en la plenitud de los tiempos.

Recordar a María es recordar el nacimiento de nuestro Señor. Recordar a María en su nacimiento es también una invitación a que tú y yo deseemos preparar el alma y el corazón para que nazca en cada Eucaristía toda la gracia, todo el don bendito que el Señor desde lo alto quiere derramar para nuestra salvación.

¡Qué hermoso pensar que esta Natividad nos tiene que invitar a consagrarnos a la Virgen María! Para que ella, que ha sido y es Madre, nos haga renacer una y otra vez a la vida de la gracia, para que como buenos hijos imitemos el ejemplo de esta Santísima Madre. Para que como buenos cristianos nos animemos a preparar cada día nuestro corazón para recibir a este Dios que nace de lo alto, a este Dios que se hace Eucaristía.

Querido hermano, no vayamos cabizbajos, miremos a esa estrella, que es María, que nos guía hacia el mismo sol, que es Jesucristo, nuestro Señor.

Por intercesión de nuestra dulce Madre, que festeja su nacimiento, que nos dé la gracia de cuidar siempre nuestra viva comunión con un corazón inmaculado como el de Ella.

Perseveremos en la gracia para alegrarnos al final de nuestra vida al ver a nuestra Señora, a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo.

Te invito a rezar

Desde el albor de nuestra historia,

suave, discreta y escondida,

llega María a nuestra tierra,

Virgen y Madre prometida.

 

La luz del Hijo la rodea,

por él es bella sin medida,

y no hay bondad entre los hombres

que pueda serle parecida.

 

Suba al Señor cual blanca nube

esta alabanza proferida:

a Dios bendito bendecimos

por la que fue la Bendecida.

Amén.

08 de agosto

Santo Domingo de Guzmán

En Domingo vemos reflejadas importantes notas de la vida de Fasta. No podemos olvidar su honda vida espiritual, su amor a la Virgen María, su fervor apostólico y la vivencia con alegría de la fraternidad.

01 de octubre

Santa Teresita del Niño Jesús

Es patrona de la sección caperucitas, ya que su doctrina de la infancia espiritual ha ayudado a formar a cientos de caperucitas en nuestros centros juveniles (Rucas).

30 de agosto

Santa Rosa de Lima

Es modelo de la Sección Herederas quienes imitándola buscan crecer en su entrega por amor a Dios, la Iglesia y la Patria con el corazón dispuesto a recibir la Herencia que el Señor nos tiene prometida.

“Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Mt. 18, 20

Déjanos tus intenciones, rezamos por ellas:

En el principio ya existía aquel que es la Palabra,

y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.

Ya en el principio él estaba con Dios.

Todas las cosas vinieron a la existencia por él

y sin él nada empezó de cuanto existe.

Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas

y las tinieblas no la recibieron.

 

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz,

para que todos creyeran por medio de él.

Él no era la luz, sino testigo de la luz.

 

Aquel que es la Palabra era la luz verdadera,

que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

En el mundo estaba;

el mundo había sido hecho por él

y, sin embargo, el mundo no lo conoció.

 

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron;

pero a todos los que lo recibieron

les concedió poder llegar a ser hijos de Dios,

a los que creen en su nombre,

los cuales no nacieron de la sangre,

ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre,

sino que nacieron de Dios.

 

Y aquel que es la Palabra se hizo hombre

y habitó entre nosotros.

Hemos visto su gloria,

gloria que le corresponde como a unigénito del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

 

Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando:

“A éste me refería cuando dije:

‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí,

porque ya existía antes que yo’ ”.

 

De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia.

Porque la ley fue dada por medio de Moisés,

mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás.

El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre,

es quien lo ha revelado.

Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes:

Como cada año, en el Domingo de Ramos, nos conmueve subir junto a Jesús al monte, al santuario, acompañarlo en su acenso. En este día, por toda la faz de la tierra y a través de todos los siglos, jóvenes y gente de todas las edades lo aclaman gritando: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

               Pero, ¿qué hacemos realmente cuando nos unimos a la procesión, al cortejo de aquellos que junto con Jesús subían a Jerusalén y lo aclamaban como rey de Israel? ¿Es algo más que una ceremonia, que una bella tradición? ¿Tiene quizás algo que ver con la verdadera realidad de nuestra vida, de nuestro mundo? Para encontrar la respuesta, debemos clarificar ante todo qué es lo que en realidad ha querido y ha hecho Jesús mismo. Tras la profesión de fe, que Pedro había realizado en Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la Tierra Santa, Jesús se había dirigido como peregrino hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Es un camino hacia el templo en la Ciudad Santa, hacia aquel lugar que aseguraba de modo particular a Israel la cercanía de Dios a su pueblo. Es un camino hacia la fiesta común de la Pascua, memorial de la liberación de Egipto y signo de la esperanza en la liberación definitiva. Él sabe que le espera una nueva Pascua, y que él mismo ocupará el lugar de los corderos inmolados, ofreciéndose así mismo en la cruz. Sabe que, en los dones misteriosos del pan y del vino, se entregará para siempre a los suyos, les abrirá la puerta hacia un nuevo camino de liberación, hacia la comunión con el Dios vivo. Es un camino hacia la altura de la Cruz, hacia el momento del amor que se entrega. El fin último de su peregrinación es la altura de Dios mismo, a la cual él quiere elevar al ser humano.

               Los Santos Padres han dicho que el hombre se encuentra en el punto de intersección entre dos campos de gravedad. Ante todo, está la fuerza que le atrae hacia abajo – hacía el egoísmo, hacia la mentira y hacia el mal; la gravedad que nos abaja y nos aleja de la altura de Dios. Por otro lado, está la fuerza de gravedad del amor de Dios: el ser amados de Dios y la respuesta de nuestro amor que nos atrae hacia lo alto. El hombre se encuentra en medio de esta doble fuerza de gravedad, y todo depende del poder escapar del campo de gravedad del mal y ser libres de dejarse atraer totalmente por la fuerza de gravedad de Dios, que nos hace auténticos, nos eleva, nos da la verdadera libertad.

               Tras la Liturgia de la Palabra, al inicio de la Plegaría eucarística durante la cual el Señor entra en medio de nosotros, la Iglesia nos dirige la invitación: “Sursum corda – levantemos el corazón”. Según la concepción bíblica y la visión de los Santos Padres, el corazón es ese centro del hombre en el que se unen el intelecto, la voluntad y el sentimiento, el cuerpo y el alma. Ese centro en el que el espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu; en el que voluntad, sentimiento e intelecto se unen en el conocimiento de Dios y en el amor por Él. Este “corazón” debe ser elevado. Pero repito: nosotros solos somos demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios. No somos capaces. Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz. Él ha descendido hasta la extrema bajeza de la existencia humana, para elevarnos hacia Él, hacia el Dios vivo. Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto. …

               La cuestión de cómo el hombre pueda llegar a lo alto, ser totalmente él mismo y verdaderamente semejante a Dios, ha cuestionado siempre a la humanidad. Ha sido discutida apasionadamente por los filósofos platónicos del tercer y cuarto siglo. Su pregunta central era cómo encontrar medios de purificación, mediante los cuales el hombre pudiese liberarse del grave peso que lo abaja y poder ascender a la altura de su verdadero ser, a la altura de su divinidad. San Agustín, en su búsqueda del camino recto, buscó por algún tiempo apoyo en aquellas filosofías. Pero, al final, tuvo que reconocer que su respuesta no era suficiente, que con sus métodos no habría alcanzado realmente a Dios. Dijo a sus representantes: reconoced por tanto que la fuerza del hombre y de todas sus purificaciones no bastan para llevarlo realmente a la altura de lo divino, a la altura adecuada. Y dijo que habría perdido la esperanza en sí mismo y en la existencia humana, si no hubiese encontrado a aquel que hace aquello que nosotros mismos no podemos hacer; aquel que nos eleva a la altura de Dios, a pesar de nuestra miseria: Jesucristo que, desde Dios, ha bajado hasta nosotros, y en su amor crucificado, nos toma de la mano y nos lleva hacia lo alto.

               Subimos con el Señor en peregrinación. Buscamos el corazón puro y las manos inocentes, buscamos la verdad, buscamos el rostro de Dios. Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! Haz que nos sirva la Palabra que cantamos con el Salmo procesional, es decir que podamos pertenecer a la generación que busca a Dios, “que busca tu rostro, Dios de Jacob” (Sal 23, 6). Amén.

Homilía del santo padre Benedicto XVI, domingo 17 de abril de 2011.