La comunidad de Fasta Lima cumple 30 años de su fundación y lo celebra durante todo el año con varias actividades. Los festejos centrales serán este 25 de abril y estarán acompañando el Padre Presidente de Fasta, Pbro. César Garcés Rojas y el Director General del Movimiento, Carlos Fernández.
En el marco del trigésimo aniversario, conocemos a Javier Bastos, actual Presidente Jurisdiccional y uno de los fundadores de la comunidad.
-Cuéntanos sobre tu vida: ¿cuántos años tienes? ¿A qué te dedicas? ¿Cómo está conformada tu familia?
Soy Javier Bastos, tengo 40 años y hace 30 llegué a Fasta. Soy esposo de la miliciana Melissa Nuñez, papá de Felipe de 4 años y de Maria Belen, quien partió a la casa del Padre hace dos años. Soy Administrador de Empresas y trabajo en Recursos Humanos en una empresa industrial.
-¿Cuál es el momento privilegiado de oración que tienes en tu día a día?
En mi día a día tengo dos momentos privilegiados de oración antes de entrar y al salir del trabajo. Al inicio pido a Dios nos acompañe en la jornada y en la tarde doy gracias por todo lo recibido. Trato de complementar estos espacios con Laudes y Vísperas.
-¿Cuál crees que es la misión que Dios te ha encomendado para este año?
Este año Dios me dio la misión de ser un buen esposo, papá y Presidente Jurisdiccional de Fasta Lima.
-¿Qué es Fasta para tí? ¿Con qué palabra sintentizarías tu historia en Fasta?
Fasta es mi vida, eso es para mí.
Tengo una anécdota: mi esposa entró a Fasta en la agrupación mayor. Recuerdo que, cuando le propuse matrimonio, luego de expresarle mi amor, no pude terminar sin que me naciera decirle: “y somos un matrimonio de Fasta”.
El apostolado en Fasta implica muchos sacrificios y renuncias; y, en ese momento bisagra de nuestras vidas, tenía que decirle que iba a ser parte constitutiva de nuestro matrimonio.

-¿Cómo descubriste que Dios te llamaba a vivir la vocación miliciana? ¿Hubo alguna persona que te haya marcado especialmente en esta decisión?
Recuerdo que, cuando fundamos Fasta en Perú, no teníamos un lugar donde reunirnos: la masculina venía a mi casa y la femenina a la de la familia Tapia.
Al no tener infraestructura, la propuesta era limitada y, por eso, había sábados de actividades en los que venían muy pocos milicianos; alguna vez solo éramos el comando. Pero nunca me desanimé, nunca pensé en renunciar. Eso, para mí, fue una gracia de la vocación miliciana. Como dice el Padre Fosbery, la vocación es no poder hacer otra cosa; algo así me pasa a mí.
Muchísimas personas marcaron mi vocación miliciana, pero especialmente mis papás y el Padre Fosbery.
-Te invitamos a recordar …. ¿Cómo te acuerdas que fue tu primer encuentro con Fasta? ¿Qué fue lo que te sorprendió de la propuesta?
Mi primer encuentro con Fasta fue hace 30 años, en unas vacaciones familiares que también tenían como objetivo conocer Fasta en Mendoza, Ruca Cura. Recuerdo mi primer sábado de actividades, cuando canté mi primera marcha, que no me acuerdo cuál era, pero sí el haberme conmovido por el fervor con que se cantaba.
De ese día me quedó grabada la frase, con tono de autoridad, que nos dijo un miliciano: “ustedes tienen que fundar Fasta en Perú”. No sé quién fue ni por qué lo dijo; solo sé que esa es una de las frases que ha dado sentido a mi vida.
Al caer la tarde celebramos la Eucaristía. Con 11 años, me di cuenta de que Dios estaba detrás de todo lo que viví ese día. Esa misa la celebró el Padre César Garcés, que providencialmente estaba allí, a punto de viajar a España. En perspectiva, esa coincidencia fue un signo de que Fasta debía crecer en Perú, en España y en todo el mundo; y que yo también estaba siendo convocado para hacer eso posible.

-¿Identificas alguna situación o momento particular de la comunidad donde sintieron la presencia o un signo claro de Dios obrando en ustedes?
Por supuesto. Durante la enfermedad de mi hija María Belén, que falleció de cáncer a los cinco años. Cuando supimos que médicamente no podíamos hacer más, toda la comunidad sintió una gran presencia del consuelo de Dios y todos pudimos comprender que Dios, el dueño de la vida, quería llevarla al Cielo.
Eso lo confirmamos cuando María Belén empezó a oler a rosas tres días antes de que falleciera. La tradición identifica este como el olor a santidad; para mí fue sentir una paz inmensa: que mi hija, dentro de poco, iba a estar con el Señor en el Banquete del Reino, en el Paraíso.
-¿Cómo te gusta explicar el significado de: “Somos Ciudad”? ¿Cómo vivís la Ciudad de manera personal y comunitariamente? ¿Qué encontrás en la Ciudad que no hay en otros movimientos?
Siguiendo con la historia anterior, cuando falleció Belén, el Padre César me escribió para darme el pésame. Cuando le respondí para agradecerle, recuerdo que le dije: “Hoy la Ciudad Miliciana ha cobrado el significado máximo para mí”.
En la situación más difícil, pude darme cuenta de que estuvieron todos los medios espirituales para la salvación de mi niña; y eso es la Ciudad. La Ciudad, para mí, es la comunión de los santos, la comunión en los dones del Reino de Dios y, en especial, de la caridad que en Fasta se expresa en la amistad miliciana.
“Somos Ciudad” no es solo comunión en la tierra; es comunión también con nuestros seres queridos en el cielo y con nuestros santos dominicos.
-Fasta Perú está cumpliendo 30 años. ¿Qué significa para ti, a modo personal y como Presidente Jurisdiccional, este acontecimiento?
Es un momento de gracia para volver al Primer Amor: al Señor Jesús, que me convocó en la “Galilea de mi vida” hace 30 años; al Señor que hoy me sigue convocando, pero ya no estoy solo, ahora con mi familia y tantos amigos milicianos.
Como Presidente Jurisdiccional, lo veo como un jubileo de acción de gracias por el paso de Dios por nuestras vidas. ¡Fasta ha hecho tanto bien en Perú! Tantas familias, tantos jóvenes que han conocido en Fasta al Señor, a su Madre, a los santos dominicos, en especial a nuestra patrona, Rosa de Lima. Han aprendido de la Patria, de la santidad.
-¿Qué mensaje quiere dejar Fasta Perú en estos 30 años a la Ciudad Miliciana?
La fundación de Fasta en Perú tuvo la particularidad de que no contó con misioneros que se instalarán en el país para sostenerla; recién luego de nueve años llegó el primer capellán permanente, el padre Sebastián Vallejo. Este hecho es, en sí mismo, el mensaje: Fasta Perú se fundó sobre familias que constituyeron una comunidad de fe en torno al Señor, asumiendo seriamente la misión del laico pedida por el Concilio Vaticano II.
En estos 30 años, la historia de Fasta Perú puede servir de modelo a tantas familias milicianas alrededor del mundo, que pueden seguir fundando nuevas comunidades de fe que se integren a Fasta. Eso es lo que le podemos regalar a la Ciudad.