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Unidos en Cristo, unidos en la misión

Cada octubre, la Iglesia nos invita a renovar nuestro compromiso con la misión de anunciar a Cristo y acompañar a quienes llevan el Evangelio a todos los rincones del mundo.

Pero la misión no es solo para algunos. Por nuestro Bautismo, todos somos llamados a ser apóstoles de Cristo, a llevar su alegría y anunciarlo allí donde nos toca vivir.

Mesa de trabajo 3 (1)

Te invito a leer

En aquel tiempo, designó el Señor a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa, digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’. Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”.

Palabra del Señor.

Te invito a meditar

La Palabra de Dios siempre tiene que iluminar nuestra realidad, nos tiene que hablar en el contexto en el que estamos. El Evangelio dice: «El Verbo se hizo carne». La Palabra de Dios entra en la historia para iluminarla, para curarla, para tensionarla. Y nosotros tenemos que tener el ejercicio de dejar que la Palabra ilumine. Voy a tomar algunas frases de este Evangelio.

Dice que el Señor designó, es decir, eligió a los discípulos. Esto es muy importante: el que elige es el Señor. Nosotros lo que ponemos es la disponibilidad, la disposición a ser elegidos. Pero Él es el que elige. Y elige el modo, el cuándo, el cómo, el dónde y el para qué.

Dice: «Los mandó de dos en dos» y para que vayan delante de Él. Es decir, tenían que preparar el camino, porque el que viene detrás de ellos es el importante. Solo somos enviados. Somos enviados a las ciudades y el que nos envía es el que nos eligió.

Y esto de que los mandó de dos en dos… Otro Evangelio dice: «Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos», ¿no? Por esto de los dos, en la tradición hebrea, para poder resolver un conflicto se necesitaban dos testigos. Por eso también son enviados de dos en dos, porque son los testigos, para que tenga validez el testimonio. Y para que ese testimonio sea válido, esos dos que caminan tienen que estar en comunión, porque no pueden decir cosas distintas.

El tema es que hoy nosotros también nos tenemos que preguntar: ¿quién es aquel o quiénes son aquellos que el Señor pone a caminar conmigo? Los envió de dos en dos. Pero ese «de dos en dos» es el mínimo: son dos. Y con dos ya hay una comunión, una comunidad. Yo me tengo que preguntar: ¿con quiénes me puso a caminar el Señor?

Y el tema es que, si yo tengo conciencia de que no soy yo el que elige qué voy a hacer, adónde voy a ir y qué es lo que tengo que decir, porque el Señor es el que me eligió, así como me eligió a mí, también lo eligió a él. Y este no eligió caminar conmigo, ni yo elegí caminar con él: eligió el Señor que caminemos juntos.

La pregunta que hoy nos tenemos que hacer es: ¿a quién eligió el Señor para que caminara conmigo? Porque con ese tengo que tener clara conciencia de la elección y de la misión. Vocación y misión.

Y a partir de ahí, yo entonces me paro y voy al encuentro de… ¿Y lo que voy a encontrar? ¿Y adónde voy a ir? Es parte del misterio, porque no voy a ir a hacer lo que yo quiero. Voy a hacer lo que Dios quiere que yo haga, que es otra cosa.

Y esto es muy importante porque, si nosotros nos salimos de esta lectura, nos salimos del misterio. Nos salimos de la voluntad de Dios. Y fuera de la voluntad de Dios, lo que queda es la voluntad del hombre. Que sea voluntad del hombre no significa que sea mala. Puede ser muy buena, puede ser recta. El tema es que no basta eso para cumplir lo que Dios quiere. Para cumplir lo que Dios quiere, tengo que cumplir la voluntad de Dios, que no es contraria, sino complementaria a lo que yo quiero, porque el Señor me elige, pero yo tengo la libertad para decirle que sí. Y entonces, este, dice san Agustín: «Aquel que te creó sin ti, no te salvará sin ti».

Es decir, te ha elegido a vos por lo que tenés y por lo que no tenés. Casi seguro que es más por lo que no tenés, y porque no lo tenés, por eso te elige, porque quiere que lo tengas, porque Él te lo va a dar. Es maravilloso esto.

Dice: «Cuando entren en una casa, digan que la paz reine en esta casa». Este texto se lee cuando hacemos la bendición de una casa. Cuando hacemos la bendición de una casa, se lee este texto.

Y fíjense: no está pidiendo que en esa casa sean felices. Está pidiendo que haya paz, porque la felicidad es fruto de la paz. Es decir, si no está la paz, yo no puedo transitar el camino para iluminar mi corazón, mi vida, mi conciencia desde la esperanza. El fundamento para construir esa casa es la paz.

¿Y de qué paz estamos hablando? En el Evangelio, al final, dice: «(…) estando las puertas cerradas por miedo a los judíos, Jesús se hizo presente en medio de ellos y les dijo…». ¿Quién es ese Jesús que se hace presente? Es el Jesús resucitado, el Jesús que acaba de resucitar, el Jesús que tiene el poder de vencer la muerte. Ese es el que se hace presente en medio. ¿Y cuál es el primer regalo del Resucitado?

¿Saben cuándo empieza nuestra vida a poner una tensión que nos quiebra, que nos duele, que nos complica? Cuando esa paz no habita en nuestro corazón. Cuando esa paz la queremos construir nosotros. Cuando yo quiero ser artífice de esa paz. Y esa paz es un don, es un regalo.

Por eso, cuando los envía, dice: «Den la paz». Regalen la paz. ¿Qué llevamos nosotros a nuestra casa, a las casas a las que vamos, a nuestras rucas? ¿Qué instalamos nosotros aquí?

Y es tremendo el final: «Yo les digo que en el día del juicio Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad».

Dice: «Si vas a una ciudad y te reciben…». Bueno, ¿nuestra ciudad nos ha recibido? Y si nos ha recibido, nosotros somos parte de esa ciudad. Y, al ser parte de esa ciudad, también tenemos la responsabilidad de recibir a otros.

¿Y cuál es la ciudad que nosotros construimos? La ciudad que se construye con fundamento en la paz. Y la construimos juntos.

Pidamos al Señor que siempre su Palabra sea la que nos permita releer nuestra vida, que nos permita gustar la sabiduría, el gustar de las cosas de Dios que se hacen presentes en lo concreto, en lo cotidiano de nuestras vidas. Dios está pasando en medio de nosotros, aquí y ahora.

Te invito a rezar

Señor, cuando nos mandas a sembrar,
rebosan nuestras manos de riqueza:
tu Palabra nos llena de alegría
cuando la echamos en la tierra abierta.

Señor, cuando nos mandas a sembrar,
sentimos en el alma la pobreza;
lanzamos la semilla que nos diste

y esperamos inciertos la cosecha.

Y nos parece que es perder el tiempo
este sembrar de insegura espera.
Y nos parece que es muy poco el grano
para la inmensidad de nuestras tierras.
Y nos aplasta la desproporción
de tu mandato frente a nuestras fuerzas.

Pero la fe nos hace comprender
que estás a nuestro lado en la tarea.
Y avanzamos sembrando por la noche,
y por la niebla matinal somos profetas,
pobres, pero confiados en que Tú
nos usas como humildes herramientas.

Gloria a Vos, Padre bueno, que nos diste
a tu Verbo, semilla verdadera.
y por la Gracia de tu Santo Espíritu
la siembras con nosotros en la Iglesia.

Amén

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