Jesús dijo:
«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él».
Palabra del Señor.
Que canten nuestras voces la victoria de este glorioso combate.
En el silencio de aquella oscura tarde de derrota, se alza, junto con Él, una voz.
Yo he vencido al mundo. Y, sin embargo, el mundo lo estaba crucificando. ¿Y la victoria? Pareciera que la serpiente que en los albores del tiempo engañara a nuestros primeros padres, estuviera nuevamente exultante.
De las raíces de aquel árbol, puerta del exilio, brota uno nuevo; uno que tuvo la dignidad de sostener el peso del Salvador, verdadera Puerta. Y es que, como escribiera el Doctor Angélico, con su Pasión el camino volvió a abrirse para los desterrados, llamados de nuevo al reino. La debilidad de Dios, más fuerte que la fortaleza de los hombres, conquistó para nosotros el ansiado premio.
¡Despierta, tú que duermes! Lo que perdimos por soberbia nos fue regalado por pura gracia.
Que celebren el triunfo de Cristo en el nuevo trofeo de la Cruz.
¡Escándalo para los judíos! ¡Locura para los paganos! ¡Un Dios clavado en una cruz!
Aquella madera que tumbó tres veces al Hijo de Dios vivo, que recibió Su Sangre y se embebió de ella, que sufrió como Él los clavos y que portó el paradójico cartel, fue su pedestal elegido para ser exaltado y levantado en alto, y así atraer a todos hacia sí.
Como la serpiente en el desierto, nos trajo así la salud y el remedio contra el mal, venciendo en un árbol al que en un árbol antes había vencido.
Santo Tomás ve en su elevación, entre otras cosas, el medio necesario para triunfar contra los demonios que en el aire preparan la guerra. La corona real, que no se marchita, ahuyenta las huestes del enemigo, y nos recibe como herederos.
Donde el redentor del mundo se inmoló como vencedor.
Lo prefigurado en Isaac, en José, en el primer cordero pascual, en Jonás, en la profecía de David, entonada por Cristo en la Cruz… Éste es el momento culminante.
Amándonos hasta el extremo, aún cuando éramos pecadores, siendo de condición divina se anonadó a sí mismo, y se entregó, extendiendo sus brazos para apoderarse de la victoria.
Con su Sangre, borró la mancha de nuestro pecado; con su entrega, reconcilió consigo al mundo; con su sufrimiento nos reconforta; con sus espaldas cargó nuestra pena. El fruto de la Pasión es para nosotros la vida eterna, y así cantamos con el salmista: ¡el Señor hizo grandes cosas por nosotros, y estamos alegres!
Por sus heridas fuimos sanados. Y seguimos siéndolo: descarguen sobre Él sus angustias, ya que Él se interesa por ustedes. Es también, con Su ejemplo, nuestro camino: quien me quiera seguir, que deje todo, cargue con su cruz, y me siga. Lo que era signo de muerte, se convirtió, por Quien hace nuevas todas las cosas, en salud y vida. Por eso podemos cantar, con el Apóstol:
Debemos gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo:
en Él está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección;
por Él hemos sido salvados y redimidos.
Dios altísimo y glorioso,
Ilumina las tinieblas de mi corazón.
Y dame fe recta,
esperanza cierta y caridad perfecta,
sabiduría y conocimiento, oh Señor,
Para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento. Amén.