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Pentecostés

“Toda misión, pues, es una misión que se hace en el Espíritu. Cada vez que tratamos de comunicar a otros el misterio de Dios, cada vez que nos convertimos en canales de su amor, es el Espíritu Santo el que obra en nosotros”.

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Te invito a leer

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. 

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Te invito a meditar

Hoy celebramos la solemnidad de Pentecostés, y hay tres consideraciones en torno a las cuales podemos meditar a partir de este Evangelio.

Espíritu Santo: Persona divina

La primera de ellas es que el Espíritu Santo es una persona, nada menos que la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. No es una fuerza o una energía, sino una persona.

En ocasiones, se puede perder de vista esta verdad debido a que la manera como el Espíritu Santo se hace presente visiblemente en el mundo, no es la de una persona. En efecto, el Verbo Eterno del Padre asume una naturaleza humana perfecta y entra en el mundo como verdadero hombre. Nadie duda, pues, que se trate de una persona. Sin embargo, las formas visibles que asume el Espíritu Santo en la Escritura, no las solemos asociar con personas.

Al respecto, Santo Tomás de Aquino señala cuatro realidades que el Espíritu Santo asume en la Escritura: el fuego en Pentecostés, la paloma en el bautismo de Jesús, la nube en la transfiguración, y el soplo en este Evangelio.

Pero que estas realidades no nos confundan: el Espíritu Santo es una persona que comparte con el Padre y el Hijo la misma y única naturaleza divina. Así, cuando obra el Espíritu Santo obra con el poder de toda la Trinidad, obra con el Padre y con el Hijo.

Espíritu Santo: continuador de la misión del Hijo

La segunda consideración es que el Espíritu Santo es el continuador de la misión del Hijo. En efecto, a través del envío del Espíritu Santo, Jesús le da poder a sus discípulos para hacer las mismas cosas que hacía Él. Si acaso el ser humano puede continuar la misión del Hijo, es porque deja obrar en él al Espíritu Santo.

Cuando Jesús estaba física y visiblemente en este mundo, Él era el protagonista de la misión. Pero era una misión que se llevaba a cabo en el Espíritu. Y ahora que Jesús no lidera visiblemente la misión de evangelizar, adquiere una mayor relevancia el protagonismo del Espíritu Santo, que era protagonista también de la misión del Hijo.

Toda misión, pues, es una misión que se hace en el Espíritu. Cada vez que tratamos de comunicar a otros el misterio de Dios, cada vez que nos convertimos en canales de su amor, es el Espíritu Santo el que obra en nosotros, y lo hace sin anular nuestra libertad o rivalizar con ella.

Espíritu Santo: acceso al misterio de la Trinidad

Finalmente, la tercera consideración es que la teología ha sabido leer en el envío de las Personas Divinas al mundo, un camino de retorno a Dios. En ese eterno misterio de comunión en el amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el Padre engendra al Hijo, siendo que de ambos procede el Espíritu Santo. Y esas procesiones al interior de la Trinidad se expresan en la manifestación de la Trinidad en el mundo: el Padre envía al Hijo, y cuando la misión de este termina, es enviado visiblemente el Espíritu Santo.

Este camino de salida marca también un camino de retorno. En efecto, es en el Espíritu que somos configurados al Hijo para que, como hijos en el Hijo, nos ofrezcamos al Padre. En el Espíritu, por el Hijo, vamos al Padre.

Así, el Espíritu Santo se nos presenta como la vía de acceso al misterio de la Trinidad. Es Él quien va a esculpiendo en nosotros el rostro de Cristo, para que el Padre nos reconozca como sus hijos en el Hijo. De ahí que no solo la misión, sino que toda nuestra vida de fe es una vida en el Espíritu. Todo crecimiento en la fe, toda moción de acercamiento, toda gracia, todo don es del Espíritu. Y al ser del Espíritu, es del Dios Uno y Trino.

El Espíritu Santo está llamado a ser junto a nosotros el protagonista de nuestra vida de fe. Por eso, a partir de la meditación del Evangelio de hoy, le pedimos al Padre que nos conceda la gracia de una vida en el Espíritu.

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El padre Daniel Torres Cox hace meditaciones diarias del Evangelio. Se puede acceder a ellas a través de Spotify o del siguiente grupo de Whatsapp:

– Whatsapp: https://chat.whatsapp.com/LgTjnAbfSEb0cVjFIqHkV4?mode=gi_t

– Spotify: https://spotify.link/77peKHZcxDb

Te invito a rezar

Ven Espíritu Santo, envía tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Amén.

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