Cuaresma

Dios no se cansa de nosotros. Acojamos la Cuaresma como el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de nuevo a nosotros: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud» (Ex 20,2). Es tiempo de conversión, tiempo de libertad.

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma de 2024

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Te invito a leer

EVANGELIO DEL MIÉRCOLES DE CENIZA

Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     6, 1-6. 16-18

Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Palabra del Señor.

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EVANGELIO DEL 1° DOMINGO DE CUARESMA

Fue tentado por Satanás y los ángeles le servían

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     1, 12-15

El Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.
Después que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia.»

Palabra del Señor.

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EVANGELIO DEL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

Este es mi Hijo muy querido

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     9, 2-10

Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.
Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo.»
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.
Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos.»

Palabra del Señor.

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EVANGELIO DEL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Destruyan este templo
y en tres días lo volveré a levantar

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     2, 13-25

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio.»
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?»
Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar.»
Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y Tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero Él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: Él sabía lo que hay en el interior del hombre.

Palabra del Señor.

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EVANGELIO DEL CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

Dios envió a su Hijo
para que el mundo se salve por Él

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     3, 14-21

Dijo Jesús:
De la misma manera que Moisés
levantó en alto la serpiente en el desierto,
también es necesario
que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en Él
tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo,
que entregó a su Hijo único
para que todo el que cree en Él no muera,
sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo
para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por Él.
El que cree en Él, no es condenado;
el que no cree, ya está condenado,
porque no ha creído
en el nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio:
la luz vino al mundo,
y los hombres prefirieron
las tinieblas a la luz,
porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal
odia la luz y no se acerca a ella,
por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que obra conforme a la verdad
se acerca a la luz,
para que se ponga de manifiesto
que sus obras han sido hechas en Dios.»

Palabra del Señor.

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EVANGELIO DEL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

Si el grano de trigo que cae en tierra muere, da mucho fruto

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     12, 20-33

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús.» Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. El les respondió:
«Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.
Les aseguro que
si el grano de trigo que cae en la tierra no muere,
queda solo;
pero si muere,
da mucho fruto.
El que tiene apego a su vida la perderá;
y el que no está apegado a su vida en este mundo,
la conservará para la Vida eterna.
El que quiera servirme
que me siga,
y donde Yo esté, estará también mi servidor.
El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.
Mi alma ahora está turbada.
¿Y qué diré:
“Padre, líbrame de esta hora”?
¡Si para eso he llegado a esta hora!
¡Padre, glorifica tu Nombre!»
Entonces se oyó una voz del cielo: «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.»
Jesús respondió:
«Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.
Ahora ha llegado el juicio de este mundo,
ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera;
y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra,
atraeré a todos hacia mí.»

Palabra del Señor.

 

Te invito a meditar

“La llevaré desierto y le hablaré al corazón” Os 2,14

Queridos milicianos:

Empezamos a vivir en toda la Ciudad Miliciana y en la Iglesia el tiempo de Cuaresma. Cuarenta días para transitar el desierto interior de la conversión a través de la penitencia y la oración para encontrarnos con Dios y entrar de este modo a la Semana Santa, la Semana Mayor en el Año Litúrgico.

Este tiempo estará signado por varios signos que la liturgia nos ofrece para educarnos en la vida de fe, para conducirnos en un derrotero personal y comunitario que busca acentuar la conversión cotidiana a través de la oración, el ayuno y la limosna. Entre estos signos el Miércoles de Ceniza recibiremos en nuestra frente la imposición de la ceniza y la señal de la Cruz con las palabras del Sacerdote que nos dirá: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Contemplaremos nuestros templos despojados de flores aguardando florecer al final de la Semana Santa con la alegría de la Resurrección. El color morado nos recordará el tiempo penitencial que estamos viviendo y serán más frecuentes las invitaciones para buscar la gracia de la reconciliación a través del Sacramento de la Misericordia.

En este año de la oración, que el Papa Francisco nos invita a vivir preparándonos para el gran Jubileo del Año 2025, podremos rezar la tradición devoción del Via Crucis y contemplar como buenos hijos de Santo Domingo con el Rosario los misterios de nuestra salvación.

Con Cristo entraremos en el desierto el primer domingo para vencer las tentaciones ayudados por la lectura asidua de la Palabra de Dios. Siempre la Sagrada Escritura será la fuente para alimentar el alma y cuánto más necesario es en este tiempo leer nuestra vida a la Luz de un Dios que sale a nuestro encuentro en Jesucristo, el Hijo que ha venido a manifestar su amor para salvarnos del pecado y de la muerte eterna.

El segundo domingo la Transfiguración del Señor nos recordará que todo el camino cuaresmal de nuestra vida tiene como destino ser transfigurados por la acción salvífica de la gracia para llegar al final de nuestros días y ser reconocidos por Dios Padre tal como fue y es reconocido Dios Hijo en el seno de la Santísima Trinidad.

El tercer domingo nos dará a conocer cómo Cristo es el “Nuevo Adán”, el Hombre Nuevo que con su resurrección gloriosa deja atrás al hombre viejo para renovar todas las cosas. Cada uno de nosotros estamos invitados a lo largo de la Cuaresma a dejar atrás por medio de la acción misericordiosa de Dios el hombre viejo y edificar una vida nueva para que como piedras vivas por la gracia de Dios y el Espíritu Santo seamos como Iglesia un Templo vivo que adore y alabe al Señor en espíritu y vida.

El cuarto domingo nos recordará el amor de Dios Padre para con el hombre al enviar a su Hijo para salvarnos. Descubriremos en el madero de la Cruz el signo de nuestra salvación porque allí veremos a quien tanto amó al mundo que dio la vida para redimirnos. Este domingo nos acercará cada vez más al misterio de nuestra Salvación que viviremos en la Semana Santa.

Finalmente, el quinto domingo nos recordará que el grano de trigo debe caer en tierra para dar fruto. No sólo como creyentes nos daremos cuenta que el Señor nos llevó la delantera al morir en la cruz y luego ser enterrado para darnos vida con su Resurrección, sino que también antes de cerrar este camino cuaresmal se nos invita a que muramos totalmente a todo aquello que no nos deja vivir en plenitud nuestra vocación cristiana, nuestra vocación a la santidad.

Cerremos esta breve reseña recordando algunas palabras del Santo Padre Francisco y del Padre Fundador:

“Dios no se cansa de nosotros. Acojamos la Cuaresma como el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de nuevo a nosotros: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud» (Ex 20,2).

Es tiempo de conversión, tiempo de libertad. Jesús mismo, como recordamos cada año en el primer domingo de Cuaresma, fue conducido por el Espíritu al desierto para ser probado en su libertad. Durante cuarenta días estará ante nosotros y con nosotros: es el Hijo encarnado. A diferencia del Faraón, Dios no quiere súbditos, sino hijos.

El desierto es el espacio en el que nuestra libertad puede madurar en una decisión personal de no volver a caer en la esclavitud. En Cuaresma, encontramos nuevos criterios de juicio y una comunidad con la cual emprender un camino que nunca antes habíamos recorrido”

Papa Francisco, Mensaje de Cuaresma 2024.

“Comenzamos a transitar el tiempo de Cuaresma, tiempo penitencial de combate espiritual, que nos permitirá preparar el corazón para encontrarnos con el misterio central de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

Tenemos que caminar hacia el encuentro de este misterio de salvación, donde reside la redención del mundo”

Fr. Anibal E. Fósbery, Reflexiones sobre textos del Evangelio de San Mateo, Vol. 1, p. 21.

Te invito a rezar

VIA CRUCIS PREDICADO POR EL FUNDADOR

Predicado por el Padre Fundador en la Semana Santa de 1996.

  • SEÑAL DE LA CRUZ.
  • V: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
    R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo
  • PÉSAME.

Pésame, Dios mío,
y me arrepiento de todo corazón de haberte ofendido.

Pésame por el Infierno que merecí y por el Cielo que perdí;
pero mucho más me pesa,
porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como Vos.

Antes querría haber muerto que haberte ofendido,
y propongo firmemente no pecar más,
y evitar todas las ocasiones próximas de pecado. Amén.

  • PADRE NUESTRO.
  • AVE MARÍA.
  • GLORIA.
  • ORACIÓN PARA EL COMIENZO DEL VIA CRUCIS.

Señor mío Jesucristo, que me invitas a tomar la Cruz y seguirte caminando, Tú delante para darme ejemplo, ilumina mi alma con la luz de tu gracia para que pueda meditar fructuosamente tus pasos dolorosos y aprenda a seguirte con decisión y coraje. Madre de los dolores, inspíranos los sentimientos de amor con que acompañaste, en este camino de amargura, a tu divino Hijo. Amén.

  • Primera estación:

JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua.” (Jn. XVIII, 28)

En el olvido de los que te seguían, en el bochorno de los que te insultaban y en esa ignominia de tu condena estaba yo. Estaba presente yo, con mi afrenta, con mi pecado, con mi condena.
Señor Jesús: que la ignominia de tu condena, por tu amor y tu misericordia, te lave de mi propia ignominia. Amén.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Segunda estación:

JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota.” (Jn. XIX, 16-17)

Mi Dios y Señor cargado con la cruz. Tú, el santo, el tres veces santo, el misericordioso y bondadoso, el Dios eterno, inmutable y perfecto, ahora cargado con el peso de la cruz.
Señor, en el peso de esa cruz están también mis pecados. Señor, ese día horrible en que le pedías al Padre que, si era posible pasara de ti ese cáliz, en ese día horrible, en medio del peso de la cruz, me estabas mirando. Yo estaba ahí, Señor, y el peso de tu cruz me salvó de mis pecados.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Tercera estación:

JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí la encontrará».”  (Mt. XVI, 24-25)

Señor Jesús, en esta tu primera caída ya están presentes el peso de mis primeros pecados.  Quizá cuando, por primera vez, tuve conciencia de que pecaba; es decir, que te afrentaba; es decir, que te crucificaba a ti, el inocente, el Dios bondadoso y puro.
Señor Jesús: que, por los méritos de ésta, tu caída, se borren todos los pecados de mi niñez, de mi adolescencia, de mi juventud; pecados que hice por debilidad y por miseria, los pecados que hice por ligereza, frivolidad y tontera.
Señor Jesús: que esta caída me libere de la prevaricación primera.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Cuarta estación:

JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Él les responde: « ¿Quién es mi madre y mis hermanos?» Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».” (Mc. III, 33-35).

Ibas arrastrando la cruz rodeado de la turba que te humillaba, o por curiosidad te miraba. En un momento, en un instante, los ojos llorosos y vidriosos, el sudor cubriéndote el rostro, la sangre de la corona de espinas corriendo por tus mejillas, cubierto en polvo reportando a los caminantes que te rodeaban, en un momento levantaste los ojos y te encontraste con los ojos de tu madre. ¿Qué habrá sentido la Santísima Virgen al verte así, destrozado y humillado? ¿Qué habrá sentido tu corazón de hijo al encontrarse con los ojos de tu madre? María pasaba a ser, ahora y para siempre, madre nuestra.
Virgen Santísima: que por los méritos del dolor inmenso con que viste a tu hijo crucificar, me ayudes a seguirlo a él en los pasos de la cruz.
Virgen Santísima: que tu misericordia de Madre me ayude a soportar la cruz, ahora y en la hora de mi muerte. Amen.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Quinta estación:

EL CIRENEO AYUDA A JESÚS A CARGAR LA CRUZ

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz. ” (Mc. XV, 21)

Señor Jesús, el Cireneo te ayudó a llevar la cruz, pero no lo hizo movido por compasión o por misericordia; lo hizo porque lo obligaron. Yo quisiera también transformarme en tu Cireneo, cuando pasas con tu cruz por las calles de mi ciudad, cuando en medio de la indiferencia de la gente quieres manifestar la Verdad de Dios y de tu Iglesia. Cuando eres humillado, insultado y negado por les hombres, mis hermanos, yo quisiera acompañarte con esa cruz.
Señor Jesús: ayúdame a cumplir en mí lo que falta a tu pasión. Ayúdame, que, con mi testimonio, mi amor a los demás, mi comprensión, mi plegaria, haga posible que tu cruz tenga otros Cireneos.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Sexta estación:

LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DEL SEÑOR

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Así como se asombraban de él muchos -pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana-.” (Is. LII, 14).

Señor Jesús, avanzabas ya desfalleciente. Cada vez se hacía más insoportable el peso de la cruz en tus espaldas. Cada vez se hincaban más las espinas de tu corona en tus sienes. Ya casi no veías, tapados tus ojos por el peso del sudor y de la tierra, sanguinolentos y lacrimógenos. Tu lengua ya casi no podía moverse endurecida, sin   capacidad de expresar nada. Desfalleciente ya y sin fuerzas, en medio del grupo que te seguía por curiosidad o para humillarte, y en medio de esas circunstancias, hubo un alma compasiva que corrió, empujó, se apretó, hasta que llegó a ti. Tú, seguramente, como Dios que eres, sabías quién era, y sabías que vendría. Pero en ese momento no la pudiste ver, ni reconocer. Tus ojos ya no miraban. Y ella, compungida, sólo atinó a sacar un paño que había preparado en su casa, y con ese paño intentó calmar el ardor de tu rostro compungido, y te limpió la cara.
No se sabe nada de esta mujer, sólo que se llamaba la Verónica. Veré -Icón, significa “el verdadero rostro”. Porque tú, en premio a su valentía, a su compasión, a su amor, dejaste grabado tu rostro en el lienzo con que ella limpiara tu cara. Señor Jesús: dame la fuerza de corazón para amarte, dar testimonio de ti en medio de los que te ofenden, de los que te insultan, de los que te siguen crucificando.
Señor Jesús: que cada día al caer de la tarde, en una pequeña plegaria, pueda yo también con un gesto de amor limpiarte el rostro.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Séptima estación:

JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas.” (Is. LIII, 5)

Señor Jesús, ya no te sostenías. Las fuerzas te abandonaban y, de nuevo, despiadadamente te aplastó por segunda vez el peso de la cruz. Y ahí estaban también mis pecados. No los pecados de debilidad y de miseria; estaban los pecados de malicia. Aquellos que difícilmente podrían perdonarse. Aquellos pecados que realicé con toda conciencia, con toda lucidez, sabiendo que profanaba algo, que quebrantaba algo, que rompía algo que era tuyo: la vida, la fama, el honor, la dignidad, no sé.
Señor Jesús: en esta segunda caída, por los méritos de los dolores de esta caída, líbrame de mis pecados de malicia.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Octava estación:

JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Lo seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por Él Jesús, volviéndose a ellas, dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos.” (Lc. XXIII, 27-28)

Señor Jesús: me has dado la gracia de contemplar tu pasión y tu muerte. Mi corazón se ha compungido considerando el dolor y el sufrimiento de tus heridas. Pero necesito otra compasión y otras lágrimas. Necesito, Señor, que me ayudes a tener el don de lágrimas por mis pecados, por mis miserias, por mis prevaricaciones; que me saques de la indiferencia, de la ligereza, de la frivolidad; que me hagas descubrir todo el hondo peso que significa no obedecerte, no oír tu palabra, negar tu verdad, tu camino y tu vida.
Señor Jesús: ayúdame a llorar por mis pecados, a sentir hondamente el peso de la injusticia y, desde mis lágrimas, que aprenda a convertirme, a arrepentirme, a amarte.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Novena estación:

JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“¿Pues qué gloria hay en soportar los golpes cuando habéis faltado? Pero si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas.” (I Ped 2, 20)

Señor Jesús, lentamente y cada vez con más dificultad, estabas llegando al final de este camino de cruz. Una vez más ibas a desplomarte. Una vez más la cruz golpearía pesadamente sobre tus hombros. Una vez más las espinas de tu corona se hincarían con más fuerza. Las heridas que iban abriéndose en tu rostro mostrarían con mayor fuerza tu sangre. Te desplomabas ya sin fuerzas, agobiado, fatigado, cansado, sin palabras en tu boca, sin visión en tus ojos. Eras ya una afrenta total. Eras ya una caricatura de hombre. Y ahí estaban, Señor Jesús, en esa caída sangrienta, cruenta, bochornosa, las miserias y los pecados de todos los hombres, de toda la humanidad y de todos los tiempos. ¡Cómo no te ibas a desplomar con ese peso y esa carga! Estaban pesando fuertemente en tu cruz todas las traiciones, todas las calumnias, todas las infamias, todas las corrupciones, todas las prostituciones, todo el infamante uso del poder, toda la indignidad, toda la agonía del hombre corrompido y vilipendiado. Ahí estaba, Señor, pesando sobre tu cruz. Tú ya no dabas más con todo ese peso de corrupción, de miseria y de pecado.
Señor Jesús: yo quisiera acercarme hasta ti en este momento de tu cruz. Yo quisiera poder ayudarte. No sé cómo hacerlo, pero quizá tú me permitas la gracia de rezar, simplemente rezar. Rezar, ya no por mis pecados; rezar por los pecados del mundo. Asociar esta pequeña y miserable plegaria mía a los méritos del peso de tu cruz y de ésta, tu tercera caída, y que entonces, mi plegaria tenga fuerza para convertir en perdón y misericordia, lo que tenía que ser ira y justicia divina.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Décima estación:

JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Puedo contar todos mis huesos; ellos me observan y me miran, repártanse entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica. ” (Sal. XXII, 18-19)

Señor Jesús: todavía quedaba este bochorno y esta humillación. Tú, el Dios omnipotente, el Creador y Señor de todas las cosas; tú, el que habías hecho posible la creación del universo y del hombre; dueño y Señor omnipotente, generoso, infinito, eterno, eras despojado de todo y quedabas humillado a la vista de la turba que te rodeaba, desnudo y sin nada. Señor Jesús: enséñame a despojarme de todos los requerimientos que mi espíritu y mi sensibilidad me piden. Enséñame a desnudarme en tu presencia de todas las cosas innecesarias que no me dejan caminar los caminos de tu cruz. ¿Cuántas cosas he querido y no se dieron? ¿Cuántas veces me irrité por no tener lo que quería? Y sigo, a pesar del tiempo y de las experiencias, buscando cosas, queriendo cosas, siguiendo cosas.
Señor Jesús: enséñame a despojarme, enséñame a renunciar, enséñame a saber que aun sin tener tengo, cuando te tengo.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Undécima estación:

JESÚS ES CRUCIFICADO

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.” (Le. XXIII, 33).

Estás crucificado en medio de ladrones; hubieses merecido otro fin y otro trato.
Señor Jesús: te contemplo con las manos pegadas por los clavos al madero, con los pies fijados sobre el pequeño banquito adosado a la cruz para que te apoyes. Con la cabeza a un costado, luciendo todavía tu corona de espinas. Tú que, como Dios, eres capaz de tener dominio sobre todas las cosas, has sido fijado, inmovilizado, por la crucifixión y por la muerte; y, sin embargo, a partir de allí atraerás hacia ti todas las cosas. Tu muerte será como una fuerza misteriosa que caerá sobre el corazón y el alma de todos los que quieran mirarte como el Hijo de Dios crucificado, y tu muerte los atraerá hasta la cruz para salvarlos.
Señor Jesús: yo quisiera en este momento estar junto a ti, en la cruz. Quisiera reemplazar a alguno de esos malhechores. Yo también soy un malhechor, y quisiera, en vez de blasfemar e insultarte, decirte como el otro buen ladrón: “Señor Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino.”

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Duodécima estación:

MUERE JESÚS

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? ¡Lejos de mi salvación la voz de mis rugidos!” (Sal. XXII, 2)

Señor Jesús: todo se ha consumado. El plan del Padre se ha cumplido ahora, desde la ignominia de tu cruz. Tú, el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, el más bello de los hijos de los hombres, vas a ser glorificado. Y glorificándote a ti, glorificarás al Padre, porque tú y el Padre son la misma cosa. Señor Jesús: en ésta, tu muerte, en que eres glorificado, yo quisiera pedirte que me atraigas hacia ti, en mi muerte. Quisiera que en mi muerte me glorifiques. Pero para eso tengo que morir contigo y en tu cruz.
Señor Jesús: tú que dijiste que atraerías hacia ti todas las cosas cuando fueras elevado en alto, atráeme hacia ti en el momento de mi muerte, y que pueda morirme reconociendo que eres el Dios, el Salvador, el Redentor.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Decimotercera estación:

JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».” (Jn. XIX, 36-37)

Señor Jesús: yo quisiera pedirte que me dieras la gracia de la compasión y de la misericordia. Que pudiera estar al lado de aquellos crucificados en su dolor y en su miseria, para ayudarlos a bajar de la cruz, sepultarlos, y de esta manera, prepararlos para la resurrección. Señor Jesús, dame misericordia. Señor Jesús, dame compasión.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • Decimocuarta estación:

JESÚS ES SEPULTADO

V: Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
R: Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar.” (Jn. XIX, 40).

Señor Jesús: te han depositado en un sepulcro nuevo que, hasta ese momento, no se había usado. Allí resucitarás. Yo quisiera pedirte, Señor Jesús, desde mi bautismo, por el que me has sepultado contigo, que me des la gracia de la resurrección. También yo, cuando te recibo en mi corazón, después del arrepentimiento y la confesión de mis pecados, vuelvo a ser un sepulcro nuevo que nadie ha profanado con su presencia. Yo también, con mi conversión y el dolor de mis pecados, puedo hacer que mi corazón se libere y renazca a la novedad del misterio de la gracia y, entonces, recibirte a ti, Dios eterno, único y verdadero.
Dios Padre, Dios Mío y Dios Espíritu Santo, quisiera pedirte que el pecado nunca te quite de mi corazón, y que por la fuerza del bautismo que me ha sepultado en tu muerte, pueda alcanzar la gracia de la resurrección.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas y socorre especialmente a las más necesitadas de Tu Misericordia.

 

  • ORACIÓN FINAL (tomada del Via Crucis del Papa Francisco, 4 de abril de 2015):

Oh Cristo crucificado y victorioso, tu Vía Crucis es la síntesis de tu vida, es el ícono de tu obediencia a la voluntad del Padre, es la realización de tu infinito amor por nosotros pecadores, es la prueba de tu misión, es el cumplimiento definitivo de la Revelación y de la historia de la salvación. El peso de tu cruz nos libera de todos nuestros yugos.

En tu obediencia a la voluntad del Padre nos damos cuenta de nuestra rebelión y desobediencia. En ti vendido, traicionado y crucificado por tu gente y por los que te son queridos, vemos nuestras traiciones cotidianas y nuestras infidelidades frecuentes. En tu inocencia, Cordero inmaculado, vemos nuestra culpa. En tu rostro abofeteado, escupido y desfigurado vemos toda la brutalidad de nuestros pecados.

En la crueldad de tu Pasión vemos la crueldad de nuestro corazón y de nuestras acciones. En tu sentirte “abandonado” vemos a todos los abandonados por los familiares, por la sociedad, por la atención y la solidaridad. En tu cuerpo despojado, malherido y arrastrado vemos los cuerpos de nuestros hermanos abandonados en las calles, desfigurados por nuestra negligencia y nuestra indiferencia.

En tu sed, Señor, vemos la sed de Tu Padre misericordioso que en Ti ha querido abrazar, perdonar y salvar a toda la humanidad. En Ti, divino amor, vemos aún hoy a nuestros hermanos perseguidos, decapitados y crucificados por su fe en Ti, ante nuestros ojos o con frecuencia con nuestro silencio cómplice.

Imprime Señor en nuestros corazones sentimientos de fe, esperanza, caridad, de dolor de nuestros pecados y ayúdanos a arrepentirnos de nuestros pecados que te han crucificado. Llévanos a transformar nuestra conversión hecha de palabras en conversión de vida y obras. Haznos custodiar en nosotros el recuerdo vivo de tu Rostro desfigurados, para no olvidar nunca el inmenso precio que has pagado para liberarnos.

Jesús crucificado, refuerza en nosotros la fe que no cede a las tentaciones, reaviva en nosotros la esperanza que no se desvía siguiendo las seducciones del mundo, custodia en nosotros la caridad que no se deja engañar por la corrupción y la mundanidad. Enséñanos que la Cruz es el camino a la Resurrección.

Enséñanos que el Viernes Santo es el camino hacia la Pascua de la luz, enséñanos que Dios no olvida nunca a ninguno de sus hijos y no se cansa nunca de perdonarnos y de abrazarnos con su infinitita misericordia y enséñanos también a no cansarnos nunca de pedir perdón y de creer en la misericordia sin límites del Padre.

Alma de Cristo, santifícanos, Cuerpo de Cristo, sálvanos
Sangre de Cristo, embriáganos, Agua del costado de Cristo, lávanos
Pasión de Cristo, confórtanos. Oh buen Jesús, óyenos
Dentro de tus llagas, escóndenos. No permitas que me aparte de ti.
Del maligno enemigo, defiéndenos. En la hora de nuestra muerte, llámanos
Y mándanos ir a Ti,  para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos, amén

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