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Natividad de la Virgen María

“Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que con ser estrella es tal que el mismo sol nace de ella.”

Natividad-WEB

Te invito a leer

Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.

Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.

Palabra de Dios.

Te invito a meditar

Queridos hermanos, el 8 de septiembre recordamos la fiesta de la Natividad de María, que se celebra precisamente nueve meses después de la Inmaculada Concepción, que recordamos cada 8 de diciembre.

La Palabra de Dios profetiza a través de Miqueas esa gracia que todo el mundo antiguo esperaba, y que por María se manifestó en la plenitud de los tiempos: la gracia del nacimiento del Redentor. Dice la primera lectura: “En cuanto a ti, Belén, Efratá, la menor entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser el gobernador de Israel”.

También nosotros, como cristianos, no dejamos de asombrarnos de cómo el Señor manifiesta su fidelidad a la promesa hecha a Abraham, y cómo, valiéndose de María, de esta virgen niña, llega a nosotros la alegría de este Dios que es el Emanuel de nuestro Señor Jesucristo, el Dios que salva, el Dios entre nosotros.

Dice algún autor: “Cuando nació Juan Bautista, la gente se preguntaba: ¿qué va a hacer este niño?” De María se preguntarían lo mismo, pero ella comprende que, aunque quisiera hablar de lo mucho que lleva dentro, debe callar y vivir en completa soledad, de la que es un reflejo el aislamiento del niño que crece entre gente mayor. María, llena de gracia, vivía como perfectísima hija de Dios, entre hombres que habían perdido la filiación divina, que habían pecado y sentían la tentación y sus inclinaciones al pecado.

Tenemos que asombrarnos de esto. Era la luz en medio de las tinieblas, pero era la luz que recibía toda gracia, toda luminosidad, por esos méritos de nuestro Señor Jesucristo, por los méritos de ese Hijo que iba a nacer en la plenitud de los tiempos.

Recordar a María es recordar el nacimiento de nuestro Señor. Recordar a María en su nacimiento es también una invitación a que tú y yo deseemos preparar el alma y el corazón para que nazca en cada Eucaristía toda la gracia, todo el don bendito que el Señor desde lo alto quiere derramar para nuestra salvación.

¡Qué hermoso pensar que esta Natividad nos tiene que invitar a consagrarnos a la Virgen María! Para que ella, que ha sido y es Madre, nos haga renacer una y otra vez a la vida de la gracia, para que como buenos hijos imitemos el ejemplo de esta Santísima Madre. Para que como buenos cristianos nos animemos a preparar cada día nuestro corazón para recibir a este Dios que nace de lo alto, a este Dios que se hace Eucaristía.

Querido hermano, no vayamos cabizbajos, miremos a esa estrella, que es María, que nos guía hacia el mismo sol, que es Jesucristo, nuestro Señor.

Por intercesión de nuestra dulce Madre, que festeja su nacimiento, que nos dé la gracia de cuidar siempre nuestra viva comunión con un corazón inmaculado como el de Ella.

Perseveremos en la gracia para alegrarnos al final de nuestra vida al ver a nuestra Señora, a la Madre de Nuestro Señor Jesucristo.

Te invito a rezar

Desde el albor de nuestra historia,

suave, discreta y escondida,

llega María a nuestra tierra,

Virgen y Madre prometida.

 

La luz del Hijo la rodea,

por él es bella sin medida,

y no hay bondad entre los hombres

que pueda serle parecida.

 

Suba al Señor cual blanca nube

esta alabanza proferida:

a Dios bendito bendecimos

por la que fue la Bendecida.

Amén.

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