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Miércoles de Ceniza

Jesús nos llama a la conversión. Con el Miércoles de Ceniza iniciamos el camino de preparación hacia la Pascua, un tiempo de gracia para volver el corazón a Dios a través de la oración, el ayuno y la limosna.

Mesa de trabajo 13

Te invito a leer

Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.

Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Palabra de Dios.

Te invito a meditar

Partiendo de la premisa que propone Jesús de “Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos” (Mt 6, 1) y de la exhortación superar la justicia de los escribas y fariseos, por eso como dice Guardini que “esta justicia más perfecta debe consistir, sobre todo, en el hecho de ser desinteresada. El Señor nos está poniendo en guardia contra la vanidad, la autocomplacencia y el egoísmo, que calan hasta la raíz de la esencia del ser humano.”

Y de este modo, comenta las tres prácticas que nos enseña Jesús a hacer “en secreto”:

  • Respecto a la limosna dice que “quien da, debe dar de tal manera que ningún otro le vea. Porque Jesús dice que si da para ser visto y alabado por los demás ya tiene su recompensa, y la obra cumplida no habrá sido entonces puesta delante de los hombres para que Dios resplandezca en ella, sino para que se admire la excelencia de tal o cual persona…”

“Más aun, no basta con que la obra no sea vista por nadie sino que tampoco la mano derecha debe saber lo que hace la izquierda. En efecto, el hombre no debe poner en evidencia lo que hace, ni siquiera frente a sí mismo. No debe regodearse ni complacerse egoístamente en ello. Tiene que echar fuera al espectador que lleva dentro de sí mismo y dejar a la obra en su pura condición de cosa hecha, sólo vista y conocida por Dios. De lo que se trata aquí es del íntimo pudor de la bondad; de lo más delicado, de aquello que le presta a la obra esa transparencia que hace que Dios resplandezca en ella.”

  • En cuanto al ayuno (…) dice que a la penitencia “no debes hacerla patente a los demás, para que ellos tengan compasión de ti, te admiren y te consideren santo, sino llevarla a cabo en secreto, allí donde sólo Dios te vea…”

Por lo tanto, nos enseña que al ayuno hay que hacerlo “con una actitud de naturalidad, sin aspavientos; disimúlalo debajo de una apariencia festiva. Más aun, ocúltalo a tu propia vista, para que esté exento de toda autocomplacencia y ambigüedad. Recién entonces tu obra buena será transparente e irradiará a Dios.”

  • Finalmente, hablando de la oración nos dice que “el “aposento” aludido no está en contradicción con el templo o iglesia, sino con el obrar “delante de los hombres”. Porque aun dentro de una iglesia se puede estar en el “aposento” y, detrás de una puerta cerrada, “en la calle”…”

“Por eso, cuando ores pues, no te des importancia ante Dios con tus palabras; no seas locuaz; no creas que tendrás influencia sobre Él por la calidad de tu discurso, ni que dirigirle muchas palabras sea mejor que dirigirle pocas. Ten en cuenta que le hablas a Aquel que lo sabe todo. Tus palabras son en realidad superfluas; sin embargo, Él las quiere. Pero ellas tienen pudor. Debes orar sabiendo que Él ve mejor que tú lo que tú mismo necesitas. No obstante, debes orar. Si tienes presente ese saber, ese conocimiento, entonces tu oración se hará de una manera especial, y a ello es a lo que apunta Jesús. Háblale pues a Dios, pero con la conciencia de que Él ya conoce tus palabras antes de que las pronuncies; porque estás delante de Él, y tú eres transparente a su mirada; Él te ve hasta en tus más íntimos pensamientos.” (Romano Guardini, El Señor, editorial Lumen, págs. 112-114)

Te invito a rezar

¡Ten piedad de mí, oh Dios, por tu bondad,

por tu gran compasión, borra mis faltas!

¡Lávame totalmente de mi culpa

y purifícame de mi pecado!

Porque yo reconozco mis faltas

y mi pecado está siempre ante mí.

Tú amas la sinceridad del corazón

y me enseñas la sabiduría en mi interior.

Purifícame con el hisopo y quedaré limpio;

lávame, y quedaré más blanco que la nieve.

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,

y renueva la firmeza de mi espíritu.

No me arrojes lejos de tu presencia

ni retires de mí tu santo espíritu.

Abre mis labios, Señor,

y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;

si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:

mi sacrificio es un espíritu contrito,

tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

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