Acá vengo a traerles música
La vida de Brochero como melodía para animar la Argentina de hoy
Para los creyentes, los santos no son solamente referentes o figuras inspiradoras, sino personas vivas que nos acompañan en el camino de la vida. Nos ofrecen su ayuda, nos cuidan y nos marcan la senda para poder descubrir la felicidad.
Por esto, nos podemos preguntar: ¿Quién es Brochero? “Un hombre de baja estatura, de unos 57 años, frente algo deprimida, boca y orejas bastante notables, nariz gruesa, ojos intensos y tiernos, color tostado…creo que es una de los obras que se les escapó al Creador sin darle la segunda mano, pero que por lo mismo lo tomó el Redentor para hacer de él un apóstol único, sin duda ninguna, en toda la República por su celo, por su carácter, su modo de ser, su virtud y por los extraños modos de evangelizar”.[1]
Aquel de quien el diario La Razón de Buenos Aires, el 24 de enero de 1914, dijera: “Acaba de fallecer, en una de las localidades serranas de Córdoba, la figura más popular y prestigiosa del clero nacional de esa provincia, y acaso de toda la República. Sacerdote de clara inteligencia y acendrada virtud, de ejemplar celo apostólico e infatigable actividad”.[2]
En aquel entonces, el diario La Nación, calificó su muerte como “pérdida irreparable”. En 1916, a dos años de su fallecimiento, su entrañable pueblo Villa del Tránsito, cambió su nombre por el de Villa Cura Brochero. Y el cine argentino, en 1941, le daba la bienvenida a la pantalla grande, de la mano de Lucas Demare y Enrique Muiño, a la película “El Cura Gaucho”.
Un santo necesario para la Argentina del 2026
Los santos y los próceres son faros de referencia de las comunidades y los pueblos. Tenerlos presentes nos ayuda a confirmar o recuperar el rumbo en el camino de la vida. A descubrir el sentido de las cosas. Son personas que se destacan por una entrega de amor particular, que puede ser percibida con mayor nitidez. Un pueblo sin referencias, sin modelos, sin santos y sin héroes, es un pueblo sin un destino claro. Puede tener una sólida economía, fuertes instituciones y gran desarrollo tecnológico; pero todo esto es tremendamente frágil y superficial sin una ética encarnada en personas concretas que señalan un camino de plenitud humana.
En esta línea, la Iglesia católica aporta el testimonio de los santos. Que no solo invitan a un modo de vida, sino que hacen presente a Cristo resucitado. Acercan la realidad del Reino de los cielos en un tiempo particular, a través de la fuerza transformadora de la gracia.
Hay mucha más santidad en nuestros pueblos de la que podemos percibir. Aquella que el papa Francisco llama: la santidad de la puerta de al lado. Sin embargo, en algunas personas, hay una experiencia de amor más nítida que nos ayuda a descubrir un camino.
En esta línea, San José Gabriel del Rosario Brochero nos viene a marcar una senda: la simplificación de la identidad de Brochero a rústico y mal hablado cura de los pobres es muy ingrata con un personaje que no solo revela parte de la identidad nacional sino que la hace fructificar en testimonio y ejemplo para la Argentina de hoy.
Su coraje para cruzar las sierras grandes durante días, con más de 400 paisanos en mula y a pie, para hacer un retiro espiritual en Córdoba, viene a interpelar a una Argentina que va dejando de soñar a lo grande y se niega a apostar por una transformación moral. El diario anticlerial cordobés “La Carcajada” publicaba en 1876: “El cura Brochero está haciendo prodigios. Con motivo de los Ejercicios Espirituales que hace tomar a ese paisanaje duro y redomón, aquella gente está como una seda. Los robos han cesado, las tropelías han minorado, las malas vidas han disminuido y- por fin- Pocho está completamente distinto a lo que era.”[3] Construir puentes, caminos, capillas, acueductos, promover trabajo, proyectar desarrollo urbano, turismo y promocionar a la mujer en la inhóspita zona y el agresivo terreno de traslasierra nos descubren que el crecimiento y el progreso necesitan de la tenacidad de este santo. Él mismo, con motivo de la construcción de una escuela para niñas, se animó a escribir al gobernador de Córdoba: “…y espero que no salgas diciendo o no puedo o no quiero…Sin más te saluda tu cura que ya cuenta con los cien pesos que te está pidiendo.”[4]
Grieta y Pandemia
En medios de las necesidades de sus paisanos y de las tensiones políticas entre Iglesia- Estado, Brochero pudo ser protagonista de su tiempo para el bien común sin desdibujar su identidad de sacerdote. Todo un desafío que el Cura Gaucho hizo realidad y que hoy sigue vigente. Su amistad con el presidente liberal Juárez Celman y su infatigable lucha por el indulto del perseguido caudillo Santos Guayama hacen evidente que la realidad no es bipolar y que no es imposible trabajar para que la unidad prevalezca sobre el conflicto. Sin que esto signifique asumir las ideas o errores de uno y otro.
A fines de 1867 despuntaba en Córdoba el primer brote del cólera que segó más de 4.000 vidas en poco tiempo. Una epidemia terrible. Fueron días de profunda aflicción, de pánico y mortandad nunca vistos en la capital y en toda la provincia. Respecto de este acontecimiento, en enero de 1868, “el Eco de Córdoba” publicaba: El sacerdocio se ha mostrado a la altura de su sublime apostolado y podemos decir, sin temor de ser desmentidos, que todos han cumplido perfectamente con su deber”[5]. Brochero había permanecido en la Ciudad en medio de las dificultades, “fue uno de los sacerdotes que más se distinguieron entonces, eternizando en la memoria de un pueblo entero, el completo desprendimiento de sí mismo, y la absoluta consagración en beneficio de los demás”.[6]
Sacerdote fiel
La fidelidad solamente es posible si comprendemos que en una sociedad donde todo cambia hay cosas que no lo hacen. Brochero fue un nombre con la certeza de sentirse llamado por Jesús y, por eso, fue fiel a su vocación. En una de sus cartas lo expresaba de este modo: “Como sacerdote creí siempre que tenía el deber que tuvo el valeroso Negro Barcala de esperar a Quiroga sentado sobre el cañón, habiendo quemado el último cartucho, para que sobre él lo degollasen: Quiero decir con esto que yo me felicitaría si Dios me saca de este planeta o sentado confesando o predicando el evangelio.”[7] Había encarnado en su vida el principal mandamiento de nuestra fe: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo.
Esta entrega vocacional permaneció hasta sus últimos días. Aconsejado por sus colaboradores de no frecuentar a un feligrés enfermo de lepra, Brochero respondió: “¡Ahí también hay un alma!” Fue así que contrajo la enfermedad que lo llevaría a su muerte y que sobrellevó con una profunda fe sin dejar de ofrecer su vida por su rebaño. “Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva; quiero decir que Dios me da la ocupación de buscar mi último fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo”.[8] Creemos que Brochero, si hay corazones dispuestos, puede hacer mucho bien entre nosotros. Recordamos aquella frase que decía cuando haciendo sonar las palmas de sus manos se arrimaba algún rancho de Traslasierra: “Acá vengo a traerles música”.En estas líneas, intuimos queLa vida de Brochero puede ser melodía que inspire para la Argent
[1] Torres Roggero, Jorge, El cura Brochero y su tiempo, Córdoba, Ed. Babel, 2012, p. 107.
[2] La Razón de Buenos Aires, Crónica, del 24 de enero de 1914.
[3] La Carcajada de Córdoba, 10 de septiembre de 1876, en De Denaro, Liliana, la faceta periodística del cura Brochero, p. 43.
[4] Carta al Gobernador, citada por Ángel Rossi, en Pinceladas Brocherianas, p.13.
[5] El Eco de Córdoba, 18 de enero de 1868.
[6] Cfr. De Denaro, Liliana, La faceta periodística del cura Brochero, p.119.
[7] Carta del 2 de Febrero de 1907, El Cura Brochero, CEA, n. 376.
[8] Carta del 28 de Octubre de 1913, El Cura Brochero, CEA, n. 467.