Navidad

El Niño Dios nos reúne en esta Noche, alrededor de la mesa que vamos a compartir; llenos de alegría, de esperanza, de amor y de paz, porque Él nos convoca a ser más que nunca familia.

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Te invito a leer

En el principio ya existía Aquel que es la Palabra,
y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios.
Ya en el principio él estaba con Dios.
Todas las cosas vinieron a la existencia por él
y sin él nada empezó de cuanto existe.
Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas
y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
Él no era la luz, sino testigo de la luz.

Aquel que es la Palabra era la luz verdadera,
que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
En el mundo estaba;
el mundo había sido hecho por él
y, sin embargo, el mundo no lo conoció.

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron;
pero a todos los que lo recibieron
les concedió poder llegar a ser hijos de Dios,
a los que creen en su nombre,
los cuales no nacieron de la sangre,
ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre,
sino que nacieron de Dios.

Y aquel que es la Palabra se hizo hombre
y habitó entre nosotros.
Hemos visto su gloria,
gloria que le corresponde como a unigénito del Padre,
lleno de gracia y de verdad.

Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando:
“A éste me refería cuando dije:
‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí,
porque ya existía antes que yo’ ”.

De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia.
Porque la ley fue dada por medio de Moisés,
mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás.
El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre,
es quien lo ha revelado.

Te invito a meditar

Se ha cumplido la plenitud de los tiempos, “y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn. 1, 14). 

 La Iglesia nos va llevando, de esta manera, al encuentro del misterio: la encarnación del Verbo de Dios. Misterio insondable y oculto, que Dios va a revelar a los pequeños, a los pobres, y ocultar a los soberbios. 

La Navidad es entonces el momento para descubrir y penetrar todo el sentido teológico del misterio de la Encarnación del Verbo de Dios. El Verbo que se hace carne, tiene un único motivo, como lo señala Santo Tomás: Él es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. 

No podemos asignar ninguna otra finalidad al misterio de la encarnación que no esté dicha en la misma revelación. La revelación muestra que el motivo de la encarnación del Verbo de Dios han sido nuestros pecados. “De tal manera amó Dios al hombre que le envió a su Hijo para que nos renueve en la gracia, y nos quite el pecado”. Misterio insondable, que se lo puede alcanzar desde la reflexión teológica hasta cierto punto, porque su significación escapa a la comprensión humana.

La encarnación del Verbo de Dios significa que el Verbo de Dios asumió nuestra naturaleza humana, unida a la naturaleza divina, sin menoscabo de la divinidad, y sin que la naturaleza humana deje de ser naturaleza. Una perfecta unión en la Persona divina, que le da a esa naturaleza humana su propia subsistencia. Unión que llamamos hipostática. A partir de esa realidad misteriosa se va cumpliendo el plan de Dios para nuestra salvación. Podemos ser salvos. Esta carne nuestra, este cuerpo que nos acompaña, pasa a ser dignificado con la unión hipostática de la naturaleza humana, y la naturaleza divina en la Persona del Verbo de Dios. 

No podemos despreciar nuestra carne, que va a ser morada de Dios por el Espíritu. En esta carne nuestra, por efecto de la unión misteriosa, de este misterioso modo como Dios se hace presente entre nosotros, esta carne nuestra va a poder ser recreada, resucitada. Esos son los efectos de la Encarnación del Verbo de Dios, porque la naturaleza humana, a pesar del pecado original, no estaba totalmente quebrada, tenía la impronta que el Creador en ella había dejado. Y esta impronta hacía que la creación fuera “muy buena” desde los orígenes mismos. Disponía a la naturaleza humana para que después de la Encarnación, Dios pudiera proyectar sobre ella la presencia de la gracia, de su vida divina. De este modo, la naturaleza humana puede ser recreada, sobre elevada, para alcanzar su destino final salvífico. 

¡Oh admirable comercio! ¡Oh admirable milagro que el Señor hace por puro amor a nosotros! Y nosotros tenemos que descubrir en el misterio de la Encarnación del Verbo, la teología salvífica de la Gracia. Eso es lo más genuino de la espiritualidad dominicana. 

No necesitamos actitudes carismáticas. El misterio de la salvación viene desde la Encarnación del Verbo de Dios. Hay ahí, una realidad ontológica, como es la unión de la naturaleza humana con la naturaleza divina en la persona del Verbo. Esa realidad ontológica es la que se proyecta después sobre la naturaleza del hombre, a través de la Gracia. Y desde ahí viene la salvación, el perdón de los pecados, desde la Gracia viene la participación en la vida divina, desde la Gracia viene la resurrección final. Esta es la linea teológica salvífica que el plan de Dios ha establecido. 

(…) De tal manera que, en este tiempo de Adviento y Navidad, cuando contemplamos el signo que se nos ha dado, el pequeño Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, veamos que ahí está contenido todo el misterio de la salvación: “Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre” (Jn. 14, 9)

Cuando contemplo al pequeño Niño, estoy viendo al Padre Omnipotente, Eterno, Inmutable, Creador, Salvador y en Él al Cristo Redentor. Entonces, este es todo el misterio de Dios que hay que entender. Y ese misterio de Dios se hace presente en mi vida, a partir del misterio de la Gracia. 

Cuando contemplo el misterio de la encarnación del Verbo, tengo que darle gracias al Señor por mi Bautismo, tengo que darle gracias al Señor por la predestinación salvífica a la que Él me ha llamado, tengo que darle gracias al Señor porque me protege, para que en mí se pueda cumplir la gracia salvífica de su encarnación.

Te invito a rezar

Padre:

Hoy celebramos la Navidad, el día en
que tu hijo, por amor a nosotros, se hizo hombre
y nació de la Virgen María.

El Niño Dios nos reúne en esta Noche,
alrededor de la mesa que vamos a compartir;
llenos de alegría, de esperanza, de amor
y de paz, porque Él nos convoca a ser
más que nunca familia.

Por eso te pedimos que aumentes
nuestra fe, que nos bendigas y bendigas
el Pan que tu amor nos ofrece.

Y te pedimos por aquellos que no tienen
pan, casa, trabajo; por aquellos que al
faltarles tú no tienen familia, ni paz, ni fe.

Te rogamos que el corazón de cada
argentino se transforme, por la mediación
de la Virgen María, en un humilde pesebre,
donde el Niño Dios pueda nacer, y superando
todo lo que nos divide, seamos capaces de
construir una Patria de hermanos.

Amén.

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