En el primer día del Triduo Pascual, celebramos la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, junto con el nuevo mandamiento del Amor.
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y este le dice:
«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».
Jesús le replicó:
«Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».
Pedro le dice:
«No me lavarás los pies jamás».
Jesús le contestó:
«Si no te lavo, no tienes parte conmigo».
Simón Pedro le dice:
«Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza».
Jesús le dice:
«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:
«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».
Palabra de Dios
Reflexionamos este misterio desde una homilía del Padre Fundador, Fray Aníbal E. Fosbery OP en un Jueves Santo, comentando el Evangelio según san Juan 13, 1-11.
“Jesús, ha anunciado que llegó su hora. Que va a ser elevado en alto y cuando sea elevado en alto, va a atraer hacia sí todas las cosas. Que va a ser glorificado con su Muerte. Y en su glorificación, va a ser glorificado también el Padre.
Porque desde siempre en el designio del Padre, está que seamos santos e inmaculados en su presencia. Ahora se ha cumplido este plan de Dios salvífico. El Hijo, va a ser glorificado con su Muerte. El Hijo Encarnado viene y asume todos nuestros pecados y es propiciación por nuestros pecados. El plan de Dios se va a cumplir. Porque Dios ha querido por designio misterioso de su voluntad, por predestinación que seamos llamados, purificados, justificados, glorificados. Para poder ser de alguna manera, conforme a la imagen de su Hijo y poder gozar de su gloria. Ha llegado el tiempo de Dios, el Hijo del hombre va a ser glorificado.
Jesús, se decide a celebrar la Pascua. La vieja pascua judía, el rito histórico que ataba a los judíos con el pacto de la Antigua Alianza. Pero que ahora iba a tener otra glorificación y otro sentido. Por eso Jesús de alguna manera va a respetar los ritos de la pascua judía. Pero va a añadir cosas y va a cambiar el sentido mismo de la pascua. Porque Él va a ser el Cordero entregado. Su sangre va a ser la sangre derramada. Entonces se reúne con sus Apóstoles en el Cenáculo. (…)
Jesús se reúne con sus Apóstoles y va a cambiar las cosas, pero de todos modos comienza rezando salmos e himnos. En un momento dado interrumpe, se saca el manto, se ciñe las vestiduras, toma una jofaina, toma una toalla y va a lavar los pies a sus discípulos. Pedro se niega, “De ninguna manera Señor, tú me vas a lavar los pies a mi” “Pedro, si no te lavo yo los pies, no tendrás parte conmigo”. “Ah, entonces Señor lávame las manos y la cabeza”. Pero dice el Señor, “Ustedes ya están limpios. Pero no todos”, y hace una primera alusión al que lo va a entregar. Jesús lava los pies de los Apóstoles. (…)
Solamente Él que es capaz de asumir esta misión, este poder, desde la absoluta humildad del corazón puede hacerlo. Hay que estar dispuesto, a lavar los pies de los otros. Hay que estar dispuesto a ser paciente. Hay que estar dispuesto a ser servicial. Hay que estar dispuesto a ser amable, afable, amigable. Hay que estar dispuesto a no buscar las propias cosas, sino la de los demás. Hay que estar dispuesto a no ser envidioso. Hay que estar dispuesto a no ser irascible. Hay que estar dispuesto a no buscar las cosas suyas, sino a ayudar a los otros. Hay que estar dispuesto a estar siempre magnánimo, alegre y eutrapélico, si quieren la palabra. Abierto a la alegría de las cosas de Dios con la injusticia y con el mal, antes bien, alegrarse en la verdad. Hay que estar dispuesto a esperarlo todo, a comprenderlo todo, a perdonarlo todo. Difícil misión, hermosa vocación, pero difícil. El Señor sabía qué necesitaban estos sacerdotes suyos, Apóstoles-sacerdotes, necesitaban tener claro cómo ejercer este poder.
Por eso les dice después en el discurso de despedida: “Un mandamiento nuevo os dejo, que se amen unos a otros, como yo los he amado”. Esa es la novedad, “como yo los he amado, ámense”. Si no hay amor, si no hay perdón, olvido real de las injurias, no se puede ejercer el sacerdocio. No se puede actuar en el Reino de los Cielos, sólo haciendo presente los contenidos del Reino, que son contenidos de salvación, de transfiguración, de redención. Por eso el mensaje del Señor. El Señor, inmediatamente les dice que su alma está turbada, que está muy triste porque uno de ellos lo va a entregar, no dice quién. (…)
Pero tengan en cuenta entonces, que Judas no estuvo cuando Jesús consagró a los sacerdotes. Judas no estuvo, cuando Jesús entregó la Comunión, no estaba, ya se había ido. Después, Jesús entonces introduce de nuevo en esta Pascua, una novedad. Toma un pedazo de pan, lo parte se los da y les dice “Tomad y comed, el vino, el cáliz, da gracia, lo entrega para que lo tomen y este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes”. Toma dice: “Beban, esta es mi sangre del nuevo testamento que será derramada por ustedes para el perdón de los pecados”. Enseguida, la misión que como sacerdotes tendrán. “Hagan esto, en conmemoración mía”.
Aparece en el Reino de los Cielos, el primer gran contenido del Reino. La Eucaristía va dirigida a los sacerdotes que tendrán que hacer presente la Eucaristía. Detrás de esta Eucaristía, tendrán que crecer las comunidades cristianas. (…) Ya no habrá ninguna comunidad cristiana que pueda crecer sin la Eucaristía y sin los sacerdotes.
Quitemos la Eucaristía de la vida cristiana, se desploma la Iglesia. Quitemos los sacerdotes, nos quedamos sin el Reino de Dios. Que gracia especial la de Fasta, en estos cincuenta años. Que el Señor, nos haya regalado sacerdotes, nos siga regalando sacerdotes. Que gracia inmensa, tener los sacerdotes a mano, para que nos limpien y purifiquen. Entreguen al Señor nuestros corazones. Nos hagan semejantes, porque en definitiva la Eucaristía es el sacramento de la asimilación con Cristo. Sé valiente y cómeme. No me convertiré yo en ti, sino que tú te convertirás en mí. Este es el efecto que produce la Eucaristía y este es el efecto desde el cual se fue creando y construyendo el Reino de los Cielos, a través del hacer de nuestros sacerdotes. Demos gracias a Dios por nuestros sacerdotes, pidamos por ellos. Acompañémoslo con nuestra oración cotidiana, con nuestra alegría. Es un privilegio de Dios, tenerlos a mano.
Jesús, entona los salmos, himnos finales de la cena y sale. Se va con los discípulos hacia Getsemaní, en el bosque de los olivos. Ahí llega, se separa con Pedro, Juan y Santiago los hijos del Zebedeo, para hacer oración. Su alma está tensa y turbada, triste, porque Él ya ve todo lo que se viene. Triste porque ya sabe, lo que le pasará en algunas horas más, que será escupido, que será dejado, será coronado de espinas, será flagelado, finalmente crucificado. Y finalmente, abrirán su costado con una lanza, de donde saldrá agua y sangre. Expresando el misterio de la Iglesia y de los sacramentos. Su alma está triste, porque siente el peso, la carga tremenda del pecado de todos los hombres, de toda la humanidad. También mis pecados, también los tuyos, también los de toda la humanidad. Todos, todos, todos. Ahí sobre la sangre del Cristo, pesando sobre su cuerpo y sus hombros siente el peso tremendo del pecado. Pero Él sabe que es víctima, sacerdote y víctima de la nueva Pascua. Que es el Cordero inmolado, que va a ser llevado al matadero, silenciosamente, como dice Isaías, sin dar un solo balido. Va a ser crucificado.”
Omnipotente y eterno Dios, mira el rostro de tu Divino Hijo y por amor a Él, ten piedad de tus sacerdotes.
Recuerda que no son sino débiles y frágiles criaturas, mantén vivo en ellos el fuego de tu amor y guárdalos para que el enemigo no prevalezca contra ellos y en ningún momento se hagan indignos de su santa vocación.
Te ruego por tus sacerdotes fieles y fervorosos, por los que trabajan cerca o en lejanas misiones y por los que te han abandonado.
¡Oh Jesús! te ruego por tus sacerdotes jóvenes y ancianos, por los que están enfermos o agonizantes y por las almas de los que estén en el purgatorio.
¡Oh Jesús! te ruego por el sacerdote que me bautizó, por los sacerdotes que perdonan mis pecados, por aquellos a cuyas misas he asistido y asisto, por los que me instruyeron y aconsejaron, por todos para los que tengo algún motivo de gratitud.
¡Oh Jesús! guárdalos a todos en tu Corazón, concédeles abundantes bendiciones en el tiempo y en la eternidad. Amén