Adviento, tiempo de espera

En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre.

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Jesús dijo a sus discípulos:
«Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.
Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.
Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!».

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Este domingo comienza el Adviento, un tiempo de gran profundidad religiosa, porque está impregnado de esperanza y de expectativas espirituales: cada vez que la comunidad cristiana se prepara para recordar el nacimiento del Redentor siente una sensación de alegría, que en cierta medida se comunica a toda la sociedad. En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre. La esperanza de los cristianos se orienta al futuro, pero está siempre bien arraigada en un acontecimiento del pasado. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios nació de la Virgen María: «Nacido de mujer, nacido bajo la ley», como escribe el apóstol san Pablo (Ga 4, 4)

Adventus es palabra latina que podría traducirse por «llegada», «venida», «presencia». En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico que indicaba la llegada de un funcionario, en particular la visita de reyes o emperadores a las provincias, pero también podía utilizarse para la aparición de una divinidad, que salía de su morada oculta y así manifestaba su poder divino: su presencia se celebraba solemnemente en el culto. Los cristianos, al adoptar el término «Adviento», quisieron expresar la relación especial que los unía a Cristo crucificado y resucitado. Él es el Rey que, al entrar en esta pobre provincia llamada tierra, nos ha hecho el don de su visita y, después de su resurrección y ascensión al cielo, ha querido permanecer siempre con nosotros: percibimos su misteriosa presencia en la asamblea litúrgica. En efecto, al celebrar la Eucaristía (…) siempre está con nosotros y entre nosotros; más aún, está en nosotros (…), Por tanto, Adviento significa hacer memoria de la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su vuelta definitiva; y, al mismo tiempo, significa reconocer que Cristo está presente en medio de nosotros

Te invito a rezar

(Veni, Veni, Emmanuel es un himno en latín propio del tiempo de Adviento. De autor anónimo, su texto se remonta al siglo VIII y su melodía nace probablemente en Francia en el siglo XV. El texto se inspira en las «Antífonas O» que tienen lugar en la celebración de las Vísperas durante los días previos al 25 de diciembre. Al invertir el orden de estas antífonas se obtiene el acróstico latino «Ero Cras» que significa «Mañana yo vendré») 

Ven, ven, Emmanuel,
libera al cautivo Israel,
que llora en el exilio,
privado del Hijo de Dios.

℟. ¡Alégrate, alégrate! Emmanuel
nacerá por ti, Israel.

  1. Ven, ven, Rey de las gentes,
    ven Redentor de todos,
    para salvar a tus siervos
    conscientes de su pecado.
  2. Ven, ven, oh Amanecer,
    que nos traes la luz del sol,
    disipa las nieblas nocturnas,
    y las tinieblas de la noche.
  3. Ven, Llave de la casa de David,
    puerta del reino del Cielo,
    haz seguro el camino a lo alto,
    y cierra los del infierno.
  4. Ven, oh Vástago del tronco de Jesé,
    de las garras de los enemigos,
    de la profundidad del abismo
    y del infierno, libra a los tuyos.
  5. Ven, ven, Adonai,
    que, al pueblo en el Sinaí,
    diste tu ley en lo alto,
    en la majestad de tu gloria.
  6. Ven, oh Sabiduría,
    que así dispones todo,
    ven para enseñarnos el camino
    de la prudencia y la gloria.

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