El Crucificado desde la Cruz nos mira con ojos de misericordia, de perdón, de amor.
(Fray Aníbal E. Fosbery)
Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne.
Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús.
Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.
El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.
Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: “No le quebrarán ninguno de sus huesos”.
Y otro pasaje de la Escritura, dice: “Verán al que ellos mismos traspasaron”
Palabra de Dios
“Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37). Con los ojos de la fe, y en este tiempo de Cuaresma nos detenemos a mirar al Dios de la Cruz. Y mirándolo al Señor crucificado descubrimos el amor con que Dios nos ama. “Hemos sido comprados a un gran precio”, dice el Apóstol, “glorificad a Dios en vuestros cuerpos” (1 Co 6, 20).
La Cuaresma es tiempo para glorificar a Dios en nuestros cuerpos, y mirando al Crucificado veamos al Dios misericordioso. El Señor nos recuerda que debemos ser misericordiosos como el Padre es misericordioso. Ahí está el Dios del amor, y el Dios de la misericordia colgado del madero. Ahí están asumidas en su naturaleza humana, llagada y vencida, todos nuestros pecados. De esta debilidad que lo acercará a la muerte brotará nuestra resurrección, nuestra salvación, y nuestra propia glorificación.
Ahí está el Dios que no juzga ni condena. Miramos al Crucificado, y lo vemos abatido y entregado por nuestros pecados, pero sin juzgarnos, ni siquiera a los mismos que lo llevaron a la Cruz, “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Así de grande, de perdurable y eterno es el amor misericordioso del Cristo crucificado.
Ahí estamos nosotros con nuestros pecados. El Crucificado desde la Cruz nos mira con ojos de misericordia, de perdón, de amor.
La Cuaresma es un tiempo para motivar en nuestro espíritu sentimientos de misericordia, y que las Palabras del Señor se hagan presentes cada día en nuestra vida: “sed misericordioso como vuestro padre celestial es misericordioso”. “No juzguéis si no que queréis ser juzgados”. “No condenéis si no queréis ser condenados”. “Perdonad, y se os perdonará”. “Dad y se os dará una medida prieta, rebosante”. “Con la vara que midiereis, seréis medidos” (Lc 6, 27-38).
Todo un código moral para asumir en este tiempo de misericordia y de amor, que es el tiempo de la Cuaresma, una actitud profunda del corazón para ayudarnos a colocar nuestra vida en la caridad.
El tiempo de Cuaresma es tiempo para que vivamos plenamente la fuerza de la caridad, porque ese Dios que está allí en la Cruz crucificado, nos está dando la muestra más plena y perfecta del amor al prójimo, del amor a los demás.
Por eso sería bueno en este tiempo de Cuaresma, tener presente las características del amor de caridad, y tratar de vivirlo tal como lo enseña el Apóstol Pablo en la Epístola a los Corintios (1 Co 13, 4-7): “La caridad es paciente y servicial”. La Cuaresma deberá ser para nosotros un tiempo de paciencia y de servicio al prójimo, a los demás, con entusiasmo, con alegría, con entrega.
1. “La caridad no es envidiosa ni jactanciosa”. El tiempo de Cuaresma debiera ser para nosotros, tiempo donde quitamos del corazón las pequeñas impurezas, las envidias, las vanidades tontas, las frivolidades absurdas, las jactancias inoportunas, para ser humildes, para empequeñecernos delante de Dios, y confiar en el Señor.
2. “La caridad no se engríe”. El tiempo de Cuaresma debe ser un tiempo que nos ayude a transitar los caminos de la humildad, quitar la soberbia, el orgullo, la vanidad de nuestro espíritu.
3. “La caridad es decorosa”. Este tiempo de Cuaresma debiera ser un tiempo que nos ayuda a buscar el decoro interior del espíritu, con una vida moral honda, profunda, ordenando nuestro corazón al cumplimiento de las virtudes teologales, y siendo prolijos y exigentes en el cumplimiento de nuestra vida moral. Una vida moral consistente y bien orientada.
4. “La caridad no se irrita”. Este es un tiempo donde tenemos que dar lugar para que nuestros apetitos, nuestros instintos, esas tendencias orgánicas de nuestros apetitos de concupiscencia, de irascibilidad, sean sometidos por la mortificación y la penitencia.
5. “La caridad no busca el mal”. Es un tiempo para volver a tomar conciencia del bien de Dios en nuestras vidas, la caridad tendría que hacernos ordenar seriamente nuestra vida al bien de Dios que está expresado por su llamado a nuestra vocación cristiana y miliciana. Ese es nuestro bien, y hacia ese bien tenemos que ordenar nuestras vidas. La Cuaresma debiera ser un tiempo que nos ayude a afinar mejor las respuestas de nuestro espíritu al bien de Dios según el ejercicio de la prudencia cristiana.
6. “La caridad no se alegra en la injusticia”. Tendríamos que intentar, en el tiempo de Cuaresma, ser justos, es decir tratar de que la justicia con Dios y con el prójimo se cumpla, aun en las pequeñas cosas de la vida cotidiana.
7. Y “la caridad -finalmente- todo lo excusa”, todo lo cree, todo lo soporta, todo lo comprende”. Es decir, la caridad ensancha el corazón.
Pedirle al Señor crucificado, que está con los brazos abiertos para recibirnos, y con los brazos clavados para no castigarnos, que de esa manera nos muestre ensanchado de modo infinito su corazón y que nos ayude a ensanchar el corazón en su amor y en el del prójimo.
Para cerrar esta reflexión te invitamos a mirar la Cruz y escuchar la canción “Mis heridas te han curado” de Batah:
En tus manos, Señor, pongo mi vida
con todas sus angustias y dolores;
que en ti florezcan frescos mis amores
y que halle apoyo en ti mi fe caída.
Quiero ser como cera derretida
que modelen tus dedos creadores;
y morar para siempre sin temores
de tu costado en la sangrienta herida.
Vivir tu muerte y tus dolores grandes,
disfrutar tus delicias verdaderas
y seguir el camino por donde andes.
Dame, Señor, huir de mis quimeras,
dame, Señor, que quiera lo que mandes
para poder querer lo que tú quieras. Amén.