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La Asunción de la Virgen María

“Se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza.
Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza”

(Apocalipsis, 11, 19a-12,1)

“María fue llevada al cielo;
se alegra el ejército de los ángeles.

 Aleluya”

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Te invito a leer

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y apareció en su santuario el arca de su alianza.

Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz.

Y apareció otra signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra.

Y el dragón se puso en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz.

Y dio a luz un hijo varón, destinado el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro, y fue arrebatado su hijo junto a Dios y junto a su trono; y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios.

Y oí una gran voz en el cielo que decía:
«Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo».

Palabra de Dios

Te invito a meditar

El Dogma de la Asunción a los Cielos consiste en que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen, después de su vida terrena fue subida en cuerpo y alma a la gloria celestial. Este Dogma fue proclamado por el Papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentisimus Deus.

La fecha de la fecha de la proclamación es curiosa: el día de Todos los Santos. Esta solemnidad de la Asunción de la Virgen nos hace redescubrir y afianzar nuestra vocación cristiana a la santidad. Somos ciudadanos de este mundo, comprometidos en la construcción de la Ciudad de Dios en medio de las ciudades de los hombres, pero aspirando a vivir en plenitud en la Jerusalén Celestial.

Esta fiesta nos recuerda cual es nuestra meta. Somos ciudadanos del cielo. La solemnidad de la Asunción de María hace referencia a la Resurrección de Jesucristo.  Su victoria sobre la muerte es también la victoria de cada uno de los creyentes que en el bautismo hemos muerto y resucitado con Él. La primera que sigue a Jesús es María y allí donde está Jesús, con María, esperamos estar también nosotros.

Dice el Papa León XIV:

“Dios ha salido a nuestro encuentro, ha asumido nuestra carne, hecha de tierra, y la ha llevado consigo, simbólicamente decimos “al cielo”, es decir, con Dios. Es el misterio de Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado para nuestra salvación; e inseparable de Él está también el misterio de María, la mujer de la cual el Hijo de Dios ha tomado la carne, y de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Se trata de un único misterio de amor y, por tanto, de libertad. Como Jesús ha dicho “sí”, también María ha dicho “sí”, ha creído en la palabra del Señor. Y toda su vida ha sido un peregrinaje de esperanza junto al Hijo de Dios y suyo, una peregrinación que, a través de la cruz y la resurrección, la hizo alcanzar la patria, el abrazo de Dios” (Ángelus, 15 de agosto de 2025)

Los dominicos y la Asunción de María

Para la Orden de Predicadores esta fiesta de María recuerda los comienzos de la gran obra de Santo Domingo de Guzmán. El 15 de agosto de 1217 Santo Domingo envía desde Prulla (Francia) a los primeros frailes por toda Europa para fundar comunidades que se dedicaran por entero a la predicación del Evangelio. Movido por la confianza plena en Dios, y convencido de que “el trigo amontonado se puede pudrir y el que se dispersa fructifica”, Domingo sabía que podía contar con la ayuda de la Virgen María que, Asunta en el Cielo, nunca abandona a sus hijos.

Te invito a rezar

Con esta certeza de que Nuestra Madre, que vive en la presencia de Dios, intercede fielmente por sus hijos, rezamos:

Oh María Inmaculada Asunta al cielo,
tú que vives bienaventurada en la visión de Dios:
de Dios Padre que te hizo alta criatura, de Dios Hijo que quiso
ser generado como hombre por ti y tenerte como madre,
de Dios Espíritu Santo que en ti realizó la concepción humana del Salvador.

Oh María purísima,
Oh María dulcísima y bellísima,
Oh María, mujer fuerte y reflexiva.
Oh María, pobre y dolorosa,
María, virgen y madre,
mujer humanísima como Eva, más que Eva;
cercana a Dios en tu gracia, en tus privilegios,
en tus misterios,
en tu misión, en tu gloria.
Oh María asunta a la gloria de Cristo en la perfección completa
y transfigurada de nuestra naturaleza humana.
Oh María, puerta del cielo,
espejo de la Luz divina,
santuario de la Alianza entre Dios y los hombres,
deja que nuestras almas vuelen tras de ti
deja que se eleven tras tu radiante camino
transportadas por una esperanza que el mundo no tiene, la de la dicha eterna.
Consuélanos desde el cielo, oh Madre misericordiosa,
y por tus caminos de pureza y esperanza guíanos un día al encuentro feliz contigo
y con tu divino Hijo nuestro Salvador Jesús. ¡Amén!

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